Clair-obscur en la Bourse de Commerce

París, Francia.

Cuando la luz también revela sus sombras

La Bourse de Commerce es uno de los espacios más recientes y seductores del arte contemporáneo en París. Frente al despliegue arquitectónico de la Fondation Louis Vuitton, François Pinault —el otro gran coleccionista francés— encontró su propio golpe de efecto, ocupar un edificio histórico, en desuso, y transformarlo en sede de una de las colecciones privadas más poderosas del mundo.

A diferencia de Vuitton, que levantó un edificio nuevo diseñado por Frank Gehry, Pinault debió adaptarse a una arquitectura preexistente, un edificio de larga historia que fue residencia, luego espacio comercial y finalmente bolsa de comercio. La reconversión estuvo a cargo de Tadao Ando, quien intervino el lugar con su habitual precisión minimalista. Su cilindro de hormigón dentro de la gran rotonda funciona casi como una obra más, severa y silenciosa, ideal para que el arte respire sin estridencias.

La exposición Clair-obscur transforma los espacios de la Bourse de Commerce en un recorrido donde la luz y la sombra dejan de ser simples efectos visuales para convertirse en un lenguaje filosófico y emocional. Inspirada en el claroscuro desarrollado por la pintura desde el siglo XVI y llevado al extremo por Caravaggio, la muestra reúne cerca de un centenar de obras pertenecientes a la Colección Pinault.

Los 26 artistas convocados son Frank Bowling, James Lee Byars, Bruce Conner, Trisha Donnelly, Jean Dubuffet, Alberto Giacometti, Robert Gober, Pierre Huyghe, Saodat Ismailova, Laura Lamiel, Victor Man, Maria Martins, Jean-Luc Moulène, Bruce Nauman, Philippe Parreno, Sigmar Polke, Carol Rama, Germaine Richier, Louis Soutter, Alina Szapocznikow, Yves Tanguy, Wolfgang Tillmans, Rosemarie Trockel, Bill Viola, Danh Võ y Mary Wigman.

La exposición no busca deslumbrar desde la espectacularidad sino desde la densidad conceptual y emocional de las obras. Hay aquí espiritualidad, memoria, trauma, desaparición, transformación y una constante reflexión sobre aquello que permanece oculto.

Sin embargo, lo más destacado de Clair-obscur probablemente no sean las obras en forma individual, aun cuando muchas poseen enorme potencia, sino la gran obra colectiva que surge de la unión de todas bajo una curaduría extraordinariamente inteligente. Allí reside el verdadero logro de la muestra. Las piezas dialogan entre sí generando tensiones, silencios, ecos y resonancias que transforman el recorrido en una experiencia total. La exposición funciona como un único gran cuerpo vivo donde cada artista aporta una capa distinta de oscuridad, espiritualidad o revelación. Pocas veces una tesis curatorial consigue amalgamar obras tan diversas sin perder intensidad ni coherencia.

Uno de los núcleos más potentes está dedicado a Sigmar Polke. Su instalación Athanor, presentada originalmente en la Bienal de Venecia de 1986, aparece como una especie de laboratorio alquímico donde materiales, pigmentos y referencias históricas mutan constantemente. Polke trabaja con la idea de transformación permanente: la pintura deja de ser imagen estática para convertirse en organismo vivo. La utilización de minerales, pigmentos sensibles y materiales tóxicos genera una obra atravesada por la historia alemana, la espiritualidad y hasta por la sombra de Chernóbil.

También resulta particularmente sensible la presencia de Laura Lamiel, quien ocupa las vitrinas del pasaje circular con objetos mínimos cargados de memoria. Zapatos de niños, telas comprimidas, ladrillos y superficies translúcidas construyen pequeños altares silenciosos donde la luz actúa casi como una materia emocional. Nada es estridente en su trabajo, pero justamente allí reside su potencia.

En la Rotonda central, Pierre Huyghe aporta una dimensión casi ritual con Camata, una pieza que dialoga con el cosmos, el tiempo y la condición humana. Huyghe trabaja desde hace años en zonas ambiguas donde naturaleza, tecnología y ficción se mezclan, y aquí logra que el espacio arquitectónico adquiera una dimensión meditativa.

Sin embargo, uno de los momentos más hipnóticos del recorrido llega con Bill Viola. Sus videoinstalaciones continúan teniendo una capacidad extraordinaria para detener el tiempo y absorber al espectador. En Passage into Night y Fire Woman, ambas de 2005, Viola vuelve sobre sus obsesiones esenciales que consiste en el tránsito entre vida y muerte, el agua, el fuego, la desaparición y la experiencia espiritual.

En Passage into Night, una figura emerge lentamente desde un paisaje desértico deformado por el calor hasta aproximarse tanto al espectador que termina por disolverse en la pantalla. El silencio y la lentitud convierten la escena en una experiencia casi mística. En Fire Woman, una silueta femenina enfrenta un inmenso muro de fuego antes de arrojarse al agua y desaparecer. Viola entendió como pocos artistas que el video podía recuperar algo perdido por buena parte del arte contemporáneo: la contemplación.

La presencia de Wolfgang Tillmans introduce otra sensibilidad dentro del recorrido. Sus obras trabajan desde la ambigüedad entre documento y abstracción. En Springer IV, realizada cuando todavía experimentaba con fotocopiadoras antes de asumirse plenamente fotógrafo, un cuerpo masculino suspendido en pleno salto se transforma en una aparición fantasmal. La imagen pierde nitidez pero gana misterio.

En piezas como Tag/Nacht IIb, Tillmans convierte paisajes y horizontes en superficies casi irreales. Sus cielos, mares y penumbras parecen suspendidos en un estado intermedio entre el sueño y la percepción física. Más que registrar el mundo, Tillmans parece cuestionar la manera en que lo vemos.

Otros artistas aportan distintas capas de tensión a la muestra. Victor Man trabaja con una pintura melancólica y crepuscular cargada de referencias históricas; James Lee Byars transforma el dorado en símbolo espiritual; Bruce Conner utiliza imágenes nucleares para construir visiones apocalípticas; Carol Rama y Rosemarie Trockel exploran corporalidades inquietantes; mientras que Alina Szapocznikow, marcada por la guerra y el cáncer, convierte el cuerpo fragmentado en territorio de resistencia y fragilidad.

Las esculturas de Giacometti, Germaine Richier y Dubuffet recuerdan cómo el arte posterior a la Segunda Guerra Mundial abandonó toda idea heroica del cuerpo humano. Lo humano aquí aparece precario, deformado, vulnerable. Incluso Danh Võ introduce el tema del exilio y la memoria colonial como heridas todavía abiertas.

Clair-obscur funciona mejor cuando deja de intentar explicar y simplemente propone atravesar una experiencia. La exposición recuerda que toda luz proyecta una sombra y que el arte contemporáneo todavía puede generar misterio cuando no intenta comportarse como entretenimiento rápido para redes sociales y selfies apuradas.

Una muestra exigente, por momentos incómoda, profundamente poética y probablemente una de las mejores propuestas actuales en París. Porque mientras muchas exposiciones contemporáneas buscan ser consumidas, esta todavía pretende algo más difícil que es nada menos que ser contemplada.


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