Roma, Italia.
Roma es sinónimo de Bernini. Y, en segunda línea de fuego, de Borromini, ambos rivales entre sí.
Ubiquémonos en el tiempo: Gian Lorenzo Bernini (Nápoles, 1598 -1680); Francesco Borromini (Bissone, 1599 – 1667), ambos fallecidos en Roma la ciudad que les brindó el espacio para que brillaran eternamente.
La ciudad todavía respira aquel trazado papal del siglo XVI que organizó buena parte de su fisonomía actual. En ese mapa de poder, fe y representación, el Palazzo Barberini ocupa un lugar central.
Allí se presenta una exposición dedicada a Bernini y a los Barberini, sus grandes mecenas. La muestra no es deslumbrante —Bernini tiene en Roma obras mucho más monumentales y conmovedoras—, pero el conjunto justifica la visita y el palacio, la historia familiar, la arquitectura coral y algunas piezas excepcionales permiten comprender mejor el nacimiento del Barroco romano.
El recorrido deja ver al Bernini escultor, pintor, retratista, escenógrafo y arquitecto, un artista total, de esos que no decoraban el poder sino que lo fabricaban visualmente.
Destacan los San Sebastián, donde el mármol parece ceder ante el dolor del cuerpo; también San Lorenzo tiene lo suyo; los bustos de Urbano VIII, concebidos como propaganda de eternidad; el David con la cabeza de Goliat, de una intensidad pictórica sorprendente; y el pequeño elefante obeliscóforo, antecedente del célebre elefante de Santa Maria sopra Minerva.
También aparece el costado menos solemne donde existían rivalidades, ambición, violencia, mecenazgo y vanidad. Roma nunca fue solo belleza. Fue también teatro del poder. Y Bernini, en ese teatro, no fue un actor secundario sino que fue director, escenógrafo y protagonista.
Fue el papa Urbano VIII nacido Maffeo Vincenzo Barberini (Florencia, 1568 -1644), quien convirtió a Bernini en el gran intérprete visual de su pontificado, quien se ocupó de darle trabajo y convertirlo en el gran intérprete visual de su pontificado.
Mucho más preciso aún podríamos decir que Bernini era el brazo artístico del poder Barberini; Borromini, el genio difícil que miraba desde el costado y no siempre con buen humor.
Entre las obras pictóricas complementarias aparecen también piezas atribuidas al propio Bernini como su Autorretrato de juventud y Los santos apóstoles Andrés y Tomás, donde puede apreciarse una pincelada rápida, vibrante y profundamente teatral. Aunque la historia lo inmortalizó como escultor, la exposición recuerda que Bernini entendía la pintura como una prolongación natural de su lenguaje dramático.
La muestra incorpora además una magnífica Magdalena penitente de Guido Reni (Bolonia, 1575 – 1642), uno de los pintores más refinados y admirados del Barroco italiano. La obra introduce un clima de espiritualidad melancólica que dialoga perfectamente con la teatralidad emocional impulsada por Bernini y el universo Barberini.
Comprender esta ciudad denominada eterna, tan castigada por el turismo despiadado, conlleva recorrer algunos de sus palacios donde albergan aún el espíritu con el que fue construida por la curia poderosa de la época.
Son varios los edificios que nos propician ese aura. En esta oportunidad escogí este.
De esta manera el propio Palazzo Barberini termina siendo esencial de la experiencia. Más que un edificio, funciona como manifiesto barroco colectivo donde Bernini, Borromini y Pietro da Cortona dialogan entre escaleras, frescos, puertas y perspectivas teatrales.
La exposición no es imperdible, y el precio de entrada —16 euros— tampoco ayuda a la devoción. Pero aun así vale la pena rendirle homenaje a quien convirtió la piedra en carne, la arquitectura en espectáculo y la fe en una puesta en escena inolvidable.
Como decía Bernini:
“El hombre que se aclara el rostro ya no se parece a sí mismo. Mientras que la escultura es capaz de crear una semejanza en mármol blanco”.
