Fundación Anish Kapoor en Venecia

Venecia, Italia.

La Bienal de Venecia, que continúa luchando por mantener su condición de mayor manifestación de arte contemporáneo del mundo, acaba de sumar un nuevo aliado de peso.

El nuevo espacio de la Fundación Anish Kapoor (Bombay, 1955), tiene sede en el histórico Palazzo Manfrin —o Palazzo Priuli Manfrin—, un emblemático edificio barroco del siglo XVI situado en Cannaregio.
El artista adquirió la propiedad para restaurarla completamente y convertirla en el núcleo de su plataforma cultural en Venecia.

Más allá de las múltiples diferencias y cuestionamientos que la Biennale suele suscitar, lo cierto es que Venecia continúa recibiendo de manera constante el desembarco de coleccionistas, fundaciones y artistas que aprovechan la enorme concentración internacional de público durante estos meses. Eso genera un circuito paralelo de exposiciones colaterales que termina ampliando considerablemente el interés de la ciudad durante la Bienal.

El Palazzo Manfrin fue organizado en distintos niveles.
La planta baja está dedicada exclusivamente a exposiciones rotativas e intervenciones artísticas de gran escala abiertas al público. Los pisos superiores funcionan como archivo oficial de Kapoor, estudio de trabajo y soporte para programas de investigación y actividades académicas.

El recorrido presenta esculturas espejadas, superficies experimentales, pigmentos puros, maquetas arquitectónicas y trabajos desarrollados con materiales como el célebre Vantablack, capaz de absorber casi toda la luz visible. El resultado es el habitual universo perceptivo de Kapoor con espacios que desorientan, vacíos que tensionan la arquitectura y objetos que parecen alterar físicamente la realidad.

Kapoor es uno de los artistas más importantes y eficaces del circuito contemporáneo internacional. Sus exposiciones suelen ser impactantes y visualmente demoledoras. Sin embargo, a la hora de visitar este nuevo espacio conviene entender que también se trata de un estudio abierto. Hay abundancia de maquetas, procesos y tentativas, por lo que el efecto escénico disminuye frente a otras muestras más monumentales de su carrera.

Como ya había señalado en una nota anterior publicada el pasado 29 de enero, el propio Kapoor explicó a The Art Newspaper que el foco puesto en obras “no vendibles” es completamente deliberado. Hay piezas realizadas en cera, experimentos, desvíos y ensayos que jamás ingresaron realmente al mercado. Y precisamente allí, según él, es donde la práctica artística permanece viva. Lo
Que podríamos traducir en forma sencilla y es que cuando el mercado manda demasiado, el arte se aplana.

Entre las obras más destacadas aparece una nueva versión de En el fin del mundo (1998), cuya enorme cúpula suspendida ahora presenta un interior negro en lugar del rojo visceral de versiones anteriores. Menos carne, más abismo.

También se exhibe Descent into Limbo (1992), la instalación mínima y perturbadora que quedará instalada permanentemente en el palacio tras el cierre de la muestra en agosto. Sí, la misma obra en la que un visitante cayó accidentalmente durante una exposición en Oporto en 2018 y es que el vacío nunca avisa.

El resto del conjunto permite observar algo menos habitual, a un Kapoor pensando, dudando, ensayando soluciones y tensando límites antes de llegar a sus obras definitivas.

De todas maneras, ingresar en su universo creativo vale completamente la pena, sobre todo para comprender cómo nacen muchas de las innovaciones espaciales y matéricas que luego terminan impactando al arte contemporáneo internacional.

Tuve además la casualidad de verlo caminando solo por una calle desierta de Venecia. Iba hablando por teléfono y preferí no interrumpirlo. Me sorprendió su sencillez y humildad. También, inevitablemente, el paso del tiempo. Muy distinto físicamente de aquel Kapoor que conocí hace años durante una Bienal de São Paulo, cuando todavía conservaba algo de la energía feroz de sus primeras grandes irrupciones internacionales.


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