Venecia, Italia.
Mañana 9 de mayo abrirá sus puertas al público la 61ª edición de la Bienal de Venecia, la manifestación de arte contemporáneo más importante del mundo.
Bajo la curaduría de la recientemente fallecida Koyo Kouoh (Camerún, 1967-2025), primera mujer africana en asumir la dirección general del evento, participan 97 países —incluyendo nueve incorporaciones, entre ellas Sierra Leona— distribuidos entre Giardini, Arsenale y diferentes espacios de la ciudad.
Bajo el título “Minor Keys”, esta edición propone apartarse de la grandilocuencia para enfocarse en lo sutil, lo íntimo y lo cotidiano. La muestra intenta recuperar una sensibilidad más humana, vinculada a aquello aparentemente menor pero esencial.
La tonalidad menor en música refiere tanto a la estructura de una composición como a su resonancia emocional. Aquí funciona como una lente conceptual con un umbral donde la fragilidad adquiere forma y la escucha se profundiza. Como las islas venecianas, estas “tonalidades menores” se conectan mediante corrientes invisibles que transforman los márgenes en espacios de cuidado, invención y resistencia frente al estruendo de lo monumental.
Sin embargo, más allá del discurso curatorial, muchas propuestas parecen haber hecho oídos sordos al espíritu de esta edición. Alemania, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, entre otras potencias, continúan apostando a exhibiciones grandilocuentes y fuertemente politizadas, alejadas de la sensibilidad y el recogimiento que la bienal intenta promover.
En un contexto internacional marcado por conflictos bélicos y tensiones diplomáticas, numerosos pabellones se convierten en espacios de confrontación ideológica más que de contemplación artística. Paradójicamente, cuanto más se invoca la paz, mayor parece ser la agresividad presente en varias propuestas.
La situación en Palestina también atraviesa esta edición. Algunos pabellones han cerrado sus puertas de manera intermitente en señal de protesta, mientras otros exhiben cartelería alusiva al conflicto.
Rusia, cuya participación continúa vetada por tercera edición consecutiva, cuenta con pabellón oficial pero no puede hacer uso del mismo
No obstante, varios artistas rusos presentaron trabajos durante las jornadas previas reservadas para invitados especiales.
Israel, por su parte, trasladó su representación desde el histórico pabellón de Giardini hacia un espacio en Arsenale bajo custodia permanente de carabineros. Allí Belu-Simion Fainarú presenta una obra demasiado cercana —tanto en concepto como en formato— a otra exhibida en la edición 2024.
Muy distinta fue la situación de Estados Unidos, que mantuvo intacto su pabellón habitual en Giardini. La propuesta de Alma Allen, sin embargo, resulta particularmente débil dentro del contexto general de la bienal.
El pabellón central de Italia, ubicado en Giardini y dedicado a los artistas seleccionados por la dirección curatorial, evidencia una fuerte presencia africana. Las obras son sumamente desparejas y algunas quedan más próximas a la artesanía que al arte contemporáneo, aunque ciertas propuestas logran destacarse y captar la atención del público.
En líneas generales, son pocas las representaciones nacionales realmente interesantes. Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, España, Bélgica y Japón presentan propuestas desconectadas de la temática central y carentes de la emotividad perseguida por esta edición.
Australia y Egipto, en cambio, consiguen encontrar el tono adecuado con propuestas sensibles y espiritualmente elevadas que transportan al espectador hacia otra dimensión.
Giardini, en términos generales, resulta decepcionante. Austria concentra una de las mayores expectativas y genera extensas filas de ingreso. Allí, Florentina Holzinger presenta una impactante performance en la que la artista aparece suspendida desnuda dentro de una enorme campana metálica elevada mediante un montacargas.
Entre los nuevos países participantes se encuentra Qatar, que inauguró un espacio propio en Giardini destinado a actividades culturales y experiencias gastronómicas con chefs invitados. Más que una propuesta artística, el gesto parece funcionar como una demostración de poderío económico.
Otro de los aspectos más agotadores de esta edición son las interminables filas para ingresar tanto a Giardini como a Arsenale, agravadas por los horarios específicos de muchos pabellones. A esto se suman las demoras para acceder a servicios gastronómicos y sanitarios, transformando el recorrido en una experiencia muchas veces tediosa.
También sobresale la enorme cantidad de performances presentes este año. La proliferación de acciones en vivo y cronogramas específicos obliga al visitante a disponer de mucho más tiempo del habitual para lograr una cobertura relativamente completa de la bienal.
Entre los artistas destacados en Giardini sobresalen:
*Henrike Naumann (Alemania),
quien convierte el pabellón en una arqueología doméstica de la militarización alemana. Entre muebles, cortinas perforadas y referencias al diseño posmoderno y al realismo socialista, revela cómo la guerra y la ideología se infiltran en la vida cotidiana y destruyen cualquier idea de “hogar seguro”.
*Khaled Sabsabi (Australia) propone una experiencia inmersiva inspirada en La conferencia de los pájaros, donde espiritualidad, migración y memoria colectiva dialogan para pensar la humanidad desde la conexión entre lo interior y lo exterior.
*Florentina Holzinger (Austria) crea una instalación performática que mezcla parque temático, planta de residuos y templo ritual.
De esta manera transforma el Pabellón de Austria en un inquietante parque acuático distópico donde cuerpo, ecología y espectáculo colapsan en una misma experiencia. A través del agua, explora el cuerpo femenino, la ecología y la transformación desde referencias feministas y mitológicas.
Asimismo lleva a cabo varias performances donde en una la propia artista se mete desnuda dentro de una campana de metal usando su cuerpo como péndulo golpeándose para generar el sonido.
A partir de ello la artista En Seaworld Venice, la artista utiliza su cuerpo desnudo suspendido dentro de una enorme campana de bronce como un badajo humano que activa una especie de alarma climática sobre el futuro de Venecia. Entre piscinas alimentadas con fluidos reciclados, performers nadando y referencias al colapso ambiental, Holzinger lleva al extremo la fisicidad, el body horror y la vulnerabilidad del cuerpo contemporáneo.
*Adriana Varejão y Rosana Paulino (Brasil) revisan las heridas coloniales y las memorias silenciadas de América Latina. Sus obras abordan protección, violencia y resistencia desde perspectivas femeninas que cuestionan los relatos históricos oficiales.
*Armen Agop (Egipto) trabaja con formas minimalistas y silenciosas para reflexionar sobre permanencia, identidad y memoria cultural. Sus esculturas priorizan la contemplación frente al espectáculo contemporáneo.
*Margaret Whyte (Uruguay), que será motivo de otra nota, combina textiles con restos tecnológicos y maquinaria obsoleta para transformar fragilidad y desecho en una poética de resistencia. El tejido aparece como herramienta política y narrativa.
En Arsenale se destacan:
*Dana Awartani de Arabia Saudita presenta una gran instalación de ladrillos de barro inspirada en mosaicos y sitios destruidos por guerras. La obra funciona como un paisaje arqueológico que recupera memoria, artesanía y patrimonio amenazado.
*Matías Duville (Argentina) transforma el pabellón en un paisaje de sal y carbón recorrido por el público. El dibujo se vuelve experiencia física y sonora mediante datos ambientales que modifican continuamente el espacio.
*Sumakshi Singh (India) dentro de un grupo de otros artistas reconstruye con hilos transparentes la casa familiar demolida de su infancia en Nueva Delhi. La instalación convierte la arquitectura en memoria frágil y reivindica el trabajo doméstico y el bordado como actos de resistencia y pertenencia.
*Amina Agueznay (Marruecos) explora la transmisión de saberes artesanales y la memoria colectiva marroquí a través del tejido ritual amazigh, conectando territorio, gesto y conocimiento ancestral.
*Sara Flores (Perú) lleva el lenguaje visual “kené” al espacio contemporáneo mediante pinturas, esculturas y cine. La propuesta vincula cosmología indígena, espiritualidad y futuros sostenibles.
*Nilbar Güreş (Turquía) utiliza textiles, esculturas e instalaciones para reflexionar sobre género, migración y pertenencia. La muestra trabaja la tensión entre cercanía y distancia emocional como forma de relación con el espectador.
La entrada diaria a la bienal tiene un costo de 30 euros y 20 euros para mayores de 65 años.
