Murió Georg Baselitz el 30 de abril de 2026. Tenía 88 años y una obra que incomodó, descolocó y, sobre todo, obligó a mirar de nuevo. Porque eso fue Baselitz, un artista que no cambió los temas —cambió la manera de verlos.
Nacido en la Alemania dividida, formado en la órbita de la Alemania del Este y luego desplazado hacia la República Federal, su biografía arrastra la fractura histórica que atraviesa toda su producción. Sus pinturas no ilustran la historia alemana, sino que la procesan, la deforman, la devuelven como trauma visual.
En el mapa internacional suele encasillárselo como neoexpresionista. En Europa, la etiqueta queda corta pues Baselitz operó más bien como un posmoderno incómodo, alguien que tomó el legado del expresionismo alemán y lo puso en crisis desde adentro, cruzándolo con la violencia gestual de Jackson Pollock y Willem de Kooning.
El gesto decisivo llegó en 1969 cuando decidió pintar al revés.
Der Wald auf dem Kopf inauguró una operación simple y brutal. Árboles, cuerpos, casas, todo invertido. No como truco formal, sino como declaración de principios. Al dar vuelta el motivo, Baselitz le quitó al espectador el refugio del reconocimiento inmediato. Primero mirar, después entender —si es que hacía falta entender.
A partir de ahí, su repertorio entero se dio vuelta. Y con él, una idea central y es que la pintura no está para representar el mundo sino para confrontarlo.
Esa inversión fue su forma de escapar tanto de la abstracción pura como de la figuración complaciente. Un territorio intermedio, tenso, incómodo. Justo donde el arte importa.
No se limitó a la pintura. Dibujó, grabó y esculpió con la misma crudeza. Sus figuras monumentales —toscas, desproporcionadas, casi violentas— insisten en una presencia física que no busca agradar. Buscan imponerse.
En septiembre de 2023, en la Pinakothek der Moderne, su obra seguía operando con la misma eficacia consistente en desarmar la mirada del espectador. En mi caso, esas figuras de gran escala inevitablemente dialogaban con Los Magníficos de Rafael Barradas (1890-1929), quien representa para mí el mejor maestro uruguayo con repercusión internacional.
Distancias geográficas aparte, ambos comparten algo raro que es la capacidad de construir personajes que no se dejan domesticar por la forma.
Baselitz no buscó belleza. Buscó fricción. Y la encontró.
Su legado no está en haber pintado al revés, sino en haber demostrado que todavía es posible mirar de otra manera. Y eso, en tiempos de imágenes rápidas y lecturas fáciles, es casi un acto de resistencia.




