Montevideo, Uruguay.
Anoche se inauguró la muestra “El Borde del Lenguaje” de Magalí Milkis en la sala de exposiciones de la Alianza Francesa.
Nacida en Buenos Aires en 1979 y radicada desde hace algunos años en La Barra de Maldonado, Milkis presenta un cuerpo de obra atravesado por una insistencia: la búsqueda.
No es una búsqueda elegante ni resuelta. Es, más bien, una deriva.
Del registro íntimo a la pintura
El punto de partida no está en el lienzo. Está en pequeñas hojas de papel. Apuntes, diagramas, palabras sueltas, signos que rozan lo ilegible. Funcionan como un diario íntimo donde la artista no narra, sino que duda lo que es también valedero.
Ahí aparece algo clave que la curaduría de Elisa Valerio acierta en señalar que es el problema de la traducción.
No hay traslado limpio entre esos papeles y las telas. Hay pérdida. Hay ruido. Y justamente en ese margen —en ese borde donde el lenguaje falla— es donde la obra empieza a existir.
El sistema, entre la grilla y el desborde
La práctica de Milkis tiene algo de sistema que nunca termina de cerrarse. Parte de estructuras casi mecánicas —líneas, retículas— que rápidamente se aflojan.
Lo que emerge no es orden, sino una tensión entre control y deriva.
La curaduría habla de un comportamiento rizomático. Es pertinente puesto que no hay jerarquías claras, no hay centro. Las formas se expanden, se repiten, se contaminan entre sí.
Pero esa expansión no siempre logra sostener intensidad. A veces queda en el gesto.
El círculo: insistencia y límite
Hay una forma que vuelve una y otra vez: el círculo.
Funciona como contenedor, encierra, protege y delimita.
Puede leerse como útero, huevo, refugio. Pero también como límite entre un adentro y un afuera que nunca terminan de estabilizarse.
En las telas, esas circunferencias organizan el pensamiento. Son intentos de estructura frente a un fondo más orgánico, más inestable, donde la pintura se vuelve materia, casi magma.
Ahí aparece uno de los aciertos que es la convivencia entre una línea precisa y una pincelada más visceral.
Los títulos son una apertura en la densidad
Si la pintura muchas veces se repliega sobre sí misma, los títulos hacen lo contrario, abren.
Milkis viene trabajando desde hace algunos años una serie de acrílicos que ahora decide reunir. En ellos, los títulos no son un complemento, por el contrario son una fisura de sentido, una entrada posible.
¿De qué color es el infinito espacial?
El primer día de cada una de mis vidas
A la sombra de la higuera…
Elegía de un recuerdo imposible
Antes
Recuerdos de sigilos
El primer día del primer mes
En un conjunto dominado por matices densos y oscuros, estos títulos introducen una luz inesperada. No aclaran la obra —no la explican—, pero la tensan hacia otro lugar que es el de la evocación, el tiempo, la memoria y cierta pulsión poética que la pintura, por momentos, no alcanza a sostener sola.
Ahí hay un desplazamiento interesante donde el lenguaje verbal aparece donde el visual se vuelve opaco.
Entre lo doméstico y lo simbólico
Los elementos que habitan esos círculos provienen de lo cotidiano. Restos diurnos. Fragmentos de experiencia.
La curaduría los nombra como “recuerdos a través de la pintura”. Es una buena lectura, aunque en obra todavía no siempre logran densidad simbólica suficiente pues muchas veces permanecen en el umbral entre signo personal y código cerrado.
Ese es el riesgo del lenguaje íntimo ya que si no se abre, queda encapsulado en sí mismo
Escala y decisión
En esta exposición hay un corrimiento importante que es la escala.
Milkis se anima a ocupar superficies mayores. La sala respira mejor y la obra también. Pero el cambio de formato todavía está en proceso de asimilación. No todas las piezas sostienen esa expansión con la misma fuerza.
Hay momentos donde la pintura acompaña. Y otros donde simplemente se agranda.
Una obra en tránsito
Hay algo claro: en Milkis no hay resolución. Y eso no es un problema en sí mismo.
Su trabajo se mueve como en un mar todavía agitado. No encuentra calma, pero avanza. Se sacude, se reorganiza, insiste.
Ahí está su valor hoy, en la persistencia, no en la llegada
Esta muestra no presenta una obra cerrada ni consolidada. Presenta un proceso.
Y eso exige una lectura honesta donde lo que aparece es una artista que está construyendo un lenguaje propio, todavía inestable, todavía en fricción consigo misma.
El tiempo —y sobre todo la capacidad de profundizar en esa tensión entre sistema y desborde— dirá si ese lenguaje se vuelve necesario o se diluye en su propio código.
Por ahora, Milkis invita a entrar en ese borde.
Y no es un lugar cómodo. Pero es, al menos, un lugar real.
