Parecen zapatillas, pero se trata de un desplazamiento lo que las transforma en una obra de arte.
Veamos:
A primera vista son un par de juttis del norte de India que adquirí Rajasthan. Cuero trabajado a mano, suela cosida —no pegada—, perforaciones rítmicas que alivian y decoran, y un bordado frontal que insiste donde habitan flor, lágrima y ojo.
Un lenguaje ornamental que viene de la corte mogola y que, con los siglos, se volvió oficio popular sin perder ambición visual. La horma es casi simétrica, el pie no manda, se adapta. La pieza decide antes que el cuerpo.
Pero acá ocurre otra cosa.
Estas juttis ya no están en el suelo. No median el caminar. Fueron rescatadas de un mercadillo en Rajasthan —ese ecosistema donde lo ceremonial y lo turístico negocian sin pudor— durante un periplo que incluía dormir en palacios de maharajás reciclados en hoteles de alto estándar.
Ese contraste no es anécdota sino que es la condición de lectura la que media. Lujo patrimonial arriba; economía de subsistencia abajo. Entre ambos, este objeto.
Descontextualizadas, dejan de ser calzado y pasan a operar como superficie. El bordado ya no adorna: compone.
Hay una lógica casi pictórica en la repetición de módulos, en la simetría que no es perfecta, en el pulso manual que se niega a desaparecer bajo la idea de “producto”.
El color —saturado, frontal— no busca armonía occidental; busca presencia. Y vaya que la encuentra.
¿Artesanía o arte? La respuesta cómoda no sirve. En origen, utilitarias con alta carga estética. En circulación global, souvenir refinado.
En este gesto —sacarlas del uso y forzarlas a decir otra cosa— se vuelven objeto contemporáneo. No por decreto, sino por operación pues les he quitado función y he intensificado su lectura.
También hay una dimensión política que conviene no maquillar. Estas piezas condensan trabajo anónimo, economías frágiles, saberes transmitidos sin firma. Convertirlas en “obra” no borra eso; lo expone. Si incomoda, mejor pues la estética no tiene por qué ser un spa.
Quedan entonces como lo que son ahora:
dos fragmentos de cuerpo ausente, dos pequeñas arquitecturas blandas, dos cuadros portátiles que decidieron dejar de caminar. Y en ese dejar de caminar, empiezan a hablar.
Luego de tantos años a mi lado estoy pensando en protegerlas en una caja pero también me agrada de vez en cuándo tocarlas y también mirar su reverso que brinda mucha información.



