Sâo Francisco de Assis

San Francisco de Asís — talla popular, Río de Janeiro

Salí temprano de mi apartamento alquilado en Río de Janeiro. La ciudad todavía estaba desperezándose cuando, en la vereda, un artesano —de esos que no insisten, simplemente están— sostenía apenas tres tallas.

No hubo estudio ni cálculo, hubo un cruce de miradas entre la talla y yo, pretendiendo que el artesano no se percatara.

Yo no suelo viajar con efectivo, pero ese día lo tenía. Y eso bastó. La tomé sin negociar demasiado pues cuando uno empieza a pensar de más, pierde.

Volví al apartamento solo para dejarla. Me esperaba un día largo, pero —para ser claros— lo importante ya había pasado.

Después, con la distancia que da el escritorio, la pieza se deja leer.

Esta talla de San Francisco de Asís se inscribe en la tradición del arte popular devocional latinoamericano. Su frontalidad rígida, casi hierática, no busca naturalismo, busca presencia. En ella no hay barroco, no hay virtuosismo académico. Hay síntesis de información histórica vs arte popular de nuestro siglo.

Madera tallada y policromada, sellada con un barniz brillante que unifica sin borrar del todo la veta. Ocres, marrones y dorados dominan la superficie, con acentos rojos que no matizan pero afirman.

El hábito franciscano, el cordón con nudos —los votos— y las aves posadas en sus manos construyen una iconografía directa, sin rodeos. La proporción está deliberadamente alterada con la cabeza levemente sobredimensionada, manos abiertas, algo toscas. Pero en ella no es torpeza, es decisión, decisión popular.

El rostro, con esos ojos grandes y apenas melancólicos, se mueve más cerca de la ingenuidad que del misticismo profundo. Y, sin embargo, funciona.

La parte trasera no desmiente nada. Volumen simplificado, pliegues resueltos con economía, y un patrón decorativo en la base que introduce un gesto casi textil.

Hoy está sobre mi escritorio, rodeada de plantas como San Francisco vivía.

No está como objeto religioso, sino como recordatorio incómodo y necesario de que no todo lo que merece ser admirado necesita espectacularidad.

Esta talla —popular, directa, sin pretensiones— sostiene algo que muchas obras más ambiciosas pierden en el camino que no es otra cosa que el respeto por la mano que la hizo.

Y también me deja una idea simple, casi inevitable y es que ese artesano, a las ocho de la mañana, habrá pensado que tuvo suerte.

No sé si fue suerte.
Pero fue un buen día para los dos.


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