XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo

Buenos Aires, Argentina.

Cuando la materia insiste

La XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo (BASC) celebra sus 40 años en el Museo Nacional de Arte Decorativo, que funciona en el histórico Palacio Errázuriz, un escenario donde la tradición pesa —y a veces incomoda— a las prácticas contemporáneas.

Con 79 obras seleccionadas entre 1250 propuestas, la muestra insiste en un cruce cada vez más inestable donde se cruzan arte y experiencia espiritual.

La curaduría de María Pimentel de Lanusse ordena el recorrido en torno a cinco ejes —umbral, dolor, rito, devoción y revelación—. El marco está claro. El problema es si las obras lo sostienen.

Cuando lo sagrado deja de representarse

La obra ganadora de Blas Aparecido titulada “Hay Tati! Mis chinas viejas”, fija el pulso de esta edición. No hay iconografía religiosa, tampoco hay relato pero hay materia.

El blanco domina, pero no purifica, está gastado, trabajado, insistido. Bordados, relieves y acumulaciones convierten el textil en cuerpo.

La operación es directa consistente en repetir hasta que el gesto se vuelva experiencia.

En la misma no hay imagen sagrada claramente diferenciada más allá de una imagen piramidal que podría ser interpretada por la Virgen María.
Hay solo tiempo.
Sin embargo asumido la horizontalidad de la pieza textil sumado al color nos llevaría a pensar en el Cordero de Dios, —Jesucristo como el sacrificio perfecto y definitivo que quita el pecado del mundo— o no.

Cuerpo, peso y desacralización

Por su lado en “Cristo del carrito”, el uruguayo Leandro Gómez Guerrero empuja la figura de Cristo fuera del territorio litúrgico.

Sin cruz, sobre una estructura con ruedas, el cuerpo aparece expuesto, pesado, incómodo. La perspectiva extrema obliga a mirar desde abajo desdibujando la contemplación pero provocando un choque visual.

Podríamos decir que esta obra no eleva, por el contrario aplasta habiendo más carne que símbolo.

Materia vs idea

La instalación electrónica de Diego Alberti que lleva por nombre “La respuesta de los dioses”, intenta canalizar lo sagrado desde lo tecnológico, con resultados más conceptuales que sensibles.
Es una de las pocas que elabora un relato fuera del catolicismo

En paralelo, la mención especial otorgada a Marcolina Dipietro introduce una operación más interesante. Su obra sín titulo, compuesta por acero inoxidable combinado con hojas secas, dan paso en forma clara al Cristo crucificado. En la misma se funden industria y fragilidad en tensión.

Y ahí aparece un punto intermedio que es cuando la materia no es solo soporte ni la idea puro discurso y a partir de allí la obra respira.

Pero aún así, el panorama general es claro puesto que cuando la obra se apoya solo en la idea, se diluye y cuando se ancla en la materia, resiste.

A la hora de entender la temática se esta bienal tenemos que tener bien claro que no es lo mismo arte sacro que arte religioso

Y conviene diferenciarlo

Arte sacro

Es el que está hecho para el culto. Tiene una función concreta dentro de la práctica religiosa.
No es decorativo ni interpretativo sino que está concedido para ser usado.

Es funcional al culto. Vive en el rito. No está hecho para ser contemplado sino está hecho para evangelizar.
Pensemos en imágenes de cruces, cáliz, retablos entre otros.

Arte religioso

Es el que trabaja temas espirituales o religiosos, pero sin función litúrgica.
Puede estar en un museo, una galería o una colección privada.

Es todo lo demás donde obras con temática espiritual, pero sin función litúrgica. Interpretan, cuestionan o reformulan lo sagrado desde afuera.

Arte sacro, sirve al rito
Arte religioso, habla de lo religioso

La bienal se ubica ahí en el religioso más que en el sacro.
Y ahí está su tensión pues quiere activar lo sagrado sin pertenecer a su sistema.

Una bienal irregular, pero pertinente

La muestra no es pareja. Hay obras que sostienen el discurso y otras que se quedan en la intención.

Dicho claro, sobra concepto, falta resolución en varios casos.

Pero el conjunto funcional y la puesta en escena es muy admirable.

El contexto del maravilloso Palacio Errázuriz, el montaje y algunos aciertos puntuales sostienen la experiencia. Y dentro de ese panorama, el arte textil vuelve a imponerse como el lenguaje más eficaz.
No por tendencia, sino por historia.

Porque mientras otros lenguajes intentan “representar” lo sagrado, el textil lo ha trabajado durante siglos.

Después de cuatro décadas, esta bienal deja una idea nítida donde lo sagrado ya no pasa por la imagen sino que pasa por la insistencia, por el tiempo y fundamentalmente por la materia.

Y, curiosamente, por uno de los lenguajes más subestimados de la historia del arte: el textil.

Porque mientras todo cambia, hay algo que permanece como es el coser, el repetir y el insistir donde claramente aparece la figura del rezo del Rosario.

Y en esa insistencia —más que en cualquier símbolo— todavía sobrevive la posibilidad de lo sagrado.

Otro aspecto a tener en cuenta es la persistencia en este tipo de convocatorias a la confusión bastante instalada donde la identificación casi automática del arte sacro, se da con el imaginario católico. Cruces, Cristos y alusiones bíblicas dominan el panorama como si lo sagrado tuviera una única lengua visual.

Y lo curioso —o lo revelador— es que, incluso cuando las bases de la bienal definen el arte sacro contemporáneo en términos amplios —como una expresión de trascendencia hacia lo divino, apta para espacios sagrados sin ofender comunidades religiosas—, no hay ninguna alusión específica a una religión en particular.

Sin embargo, en la práctica, el catolicismo sigue ocupando el centro de la escena.

El problema no es su presencia —históricamente inevitable— sino su inercia. Reduce lo sacro a iconografía reconocible y deja afuera otras formas de experiencia espiritual que no pasan por la representación figurativa ni por la tradición occidental.

Dicho más claro podemos afirmar que se abre el concepto, pero se repite la imagen.


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