Herbario del alma

Viñedos de La Tahona, Canelones.

Herbario del alma: cuando la pintura deja de ser excusa

Ayer dio comienzo el taller Herbario del alma, dictado por la artista mexicano-nepalí Draupadi Santiago.

Una propuesta de acuarela que, en los hechos, va bastante más allá de la pintura donde aquí se trabaja con plantas medicinales, pero sobre todo con uno mismo.

La primera estación fue la lavanda —la “guardiana del silencio”—, abordada no solo desde su forma y color, sino desde sus propiedades: calmante del sistema nervioso, favorecedora del sueño, relajante muscular, antiséptica y cicatrizante.

La lista es larga, pero lo interesante no es memorizarla sino incorporarla. Infusiones, aceites, baños, almohadas aromáticas donde la planta se despliega como experiencia cotidiana, no como dato decorativo.

La pintura aparece entonces como lo que realmente es en este contexto que no es más que una excusa.
Una puerta de entrada a una práctica que tiene algo de terapéutico, sin pedir permiso ni disfrazarse de otra cosa. Y funciona.

El perfil de Draupadi no es un detalle pintoresco. Su raíz nepalí trae consigo una impronta donde conviven la serenidad del hinduismo y el budismo; su vínculo con México suma una capa de sabiduría ancestral y respeto por lo vivo que no cae en lo discursivo. En ella, ambas tradiciones no se exhiben, se operan.

Cada encuentro comienza con el sonido de cuencos tibetanos, asociados al mantra “OM”, ese zumbido primordial que, según las tradiciones orientales, conecta al individuo con el todo.
Allí no hay mística impostada, hay respiración guiada, ojos cerrados y una entrada progresiva en estado de atención. El resto se ordena solo.

El entorno acompaña con precisión casi quirúrgica. Una mesa dispuesta con cuidado, materiales completos —delantal, pinceles, acuarelas, papel de algodón— y una puesta donde el agua y el fuego no son decoración sino presencia. Nada sobra, nada falta.

El taller, de tres horas, incluye además una degustación de tés de blends exclusivos de Teayuda Uy, acompañados en esta ocasión por escones de hierbas con hummus y una cheesecake de durazno que no necesitó explicación. Todo suma, pero nada distrae.

La experiencia fluye. En mi caso, fue más que un buen taller, fue una pausa necesaria, casi urgente. Este tipo de instancias no son un lujo accesorio, son un sostén. Un espacio donde la mente baja el volumen y algo más —llamémosle intuición, cuerpo o simplemente silencio— empieza a hablar.

El taller se organiza en dos encuentros mensuales hasta fin de año, con próximas paradas en plantas como el romero.

Draupadi lo sintetiza mejor que cualquier reseña:
“Durante mucho tiempo pensaba en complacer a los demás, hoy busco primordialmente complacerme a mí. Escucharme, entender desde dónde tomo decisiones, hacer lo que me gusta. Este proyecto no es solo ilustrar una planta: es conectar con ella y conmigo misma.”, puesto que para hacer el bien uno tiene que comenzar consigo mismo.

El mantra del encuentro fue claro: “En la suavidad, me restauro”. Y la consigna, incómoda en el mejor sentido: ¿qué parte de mí necesita más calma?

En mi caso, la respuesta fue inmediata.
Dormí como hacía tiempo no lo lograba.

Y sí, ya estoy esperando el próximo encuentro.

También —y esto no es menor— agradezco profundamente a Dios por haber puesto a Draupadi en mi camino. Hay encuentros que no se buscan, sino que suceden. Y cuando suceden, conviene reconocerlos.


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