Buenos Aires, Argentina.
Hace ya bastante tiempo recibí un mensaje de Alejandro Carosella a través de Instagram. Me pedía una opinión sobre su obra.
No suelo hacerlo sin ver el trabajo in situ, preferentemente en su taller y luego de una conversación con el artista. Aun así, sus pinturas me sedujeron desde el inicio.
Quedó pendiente la visita. La concreción llegó hace apenas unos días, en Buenos Aires.
Estaba seguro de que su obra me iba a gustar.
No me equivoqué.
Apenas bajé del Uber frente a su casa, percibí algo poco frecuente, una coherencia inmediata entre vida y obra. El frente de su casa era un reflejo exacto de sus pinturas y, más aún, sus pinturas parecían emerger de ese mismo espacio.
Cuando abrió la puerta y nos fundimos en un abrazo cálido, la intuición se confirmó y pensé –Carosella también emerge de su obra–.
Su taller —reducido, prolijo, silencioso— ocupa lo que alguna vez fue un galpón de jardín. Allí, entre orden y quietud, comenzamos a conversar. Y mientras hablaba, su pintura empezaba a explicarse sola.
Desde muy niño quedó atrapado por la pintura. A los seis años recibió un caballete de una tía —el cual continúa utilizando— que también pintaba. Ese gesto, simple pero decisivo, marcó un rumbo que nunca abandonó.
Se formó en la Escuela Municipal de Artes Visuales de Lomas de Zamora, de la que egresó en 2001 como Maestro Municipal de Dibujo.
Hay otra marca en su obra que es su padre, albañil.
Carosella lo acompañaba en tareas que estaban a su alcance. Esa experiencia, lejos de diluirse, aparece hoy en sus pinturas de donde emergen ladrillos, estructuras y materia.
La memoria familiar se vuelve imagen.
Su pintura es, ante todo, autobiográfica.
Cada elemento es una señal. Los ladrillos remiten al padre, los jarritos de té evocan a la madre, los lápices lo representan a él. Todo convive en composiciones mínimas, de pequeño formato, donde el espacio —generoso, casi silencioso— obliga al espectador a detenerse.
Menos es más.
Y en su caso, no es una consigna sino que es una forma de vida.
Pero hay algo más, menos evidente y más punzante: una soledad persistente que atraviesa toda su producción.
No es una soledad dramática ni impostada; es una soledad asumida, casi estructural. Sus escenas están habitadas por objetos, por espacios, por climas… pero rara vez por compañía.
Cuando aparecen figuras humanas —porque aparecen— están siempre de espaldas.
No hay rostro, no hay gesto, no hay concesión al vínculo directo con el espectador. Esa decisión no es menor pues introduce distancia, refuerza el aislamiento y desplaza cualquier lectura anecdótica hacia un terreno más introspectivo.
El espectador no es invitado a empatizar con un personaje, sino a ocupar su lugar.
A quedarse ahí, en silencio.
Carosella no trabaja con apuro.
La velocidad, el ruido, la ansiedad contemporánea no tienen lugar en su universo. Su tiempo está pautado por su vida familiar —especialmente por su hijo—, por el cuidado de su casa y por una práctica pictórica paciente, casi meditativa.
También dicta clases, pero lo hace de forma individual. Incluso en la enseñanza, elige el silencio.
Habla como pinta.
Y pinta como vive.
No responde a modas ni a corrientes. Tampoco parece interesado en seducir de forma inmediata. Se escucha a sí mismo, aun cuando eso implique no ser del todo comprendido. Participa en concursos, sí, pero sin alterar su eje.
En ese sentido, hay algo inevitable: Carosella es, en clave porteña, un heredero de Giorgio Morandi.
Esa insistencia en lo mínimo, en lo esencial, en la repetición silenciosa.
También resuena Vincent van Gogh, particularmente en la capacidad de concentrar toda la tensión visual en un único objeto —como ocurre en su célebre pintura Zapatos (1886).
Más allá de la figuración evidente, sus obras despliegan una segunda capa compuesta por estados anímicos, metáforas y tensiones invisibles.
En cada objeto está él. En cada escena, su mundo.
En los últimos tiempos, además, su mirada se ha desplazado hacia lo social. Impactado por la realidad urbana, desarrolló una serie de chabolas construidas con latas y cartón. En algunas no hay figuras humanas, pero su ausencia pesa.
El vacío, amplificado por tonos terrosos y espacios abiertos, construye una atmósfera tan contundente como incómoda.
Trabaja exclusivamente con óleo.
En ese material encuentra la densidad y la sutileza tonal necesarias para sostener su universo de bajos tonos y climas introspectivos.
Nacido en 1979 en Lomas de Zamora, Carosella ha construido una trayectoria sólida y silenciosa.
Participó en el Programa Antártico Argentino (2005/2006), experiencia que dejó huella en su sensibilidad.
Expone desde 2004 en muestras individuales y colectivas, incluyendo espacios como el Palais de Glace y la Asociación Estímulo de Bellas Artes, y participa regularmente en el Salón Nacional.
Actualmente está participando en la XIV Bienal de Arte Sacro en el Museo de Arte Decorativo, Palacio Errasuriz.
Y, sin embargo, hay un dato que no me deja de llamar la atención y es que
ninguna galería se ha interesado aún en representarlo.
Resulta, cuanto menos, desconcertante.
Porque, a mi criterio, su obra no solo tiene solidez conceptual y coherencia formal, sino también la capacidad —cada vez más escasa— de generar un vínculo genuino con el espectador. Carosella podría, sin esfuerzo, construir una base de seguidores fieles.
Tal vez el problema no esté en la obra.
Tal vez esté en el radar de quienes deciden hacia dónde mirar.
Pero nada de eso define mejor su obra que la experiencia directa.
Visitarlo fue, literalmente, entrar en su tiempo.
Durante un par de horas, todo ocurrió bajo su ritmo, su energía, su lógica.
Salí de allí relajado, con la sensación de haber atravesado una experiencia auténtica.
Y también, con algo más simple pero no menor, la certeza de haber ganado un nuevo amigo.
Gracias, Alejandro, por abrir la puerta de tu mundo.
Me animo a afirmarlo sin rodeos: entrar en su casa-taller es ingresar en una obra total, de carácter profundamente inmersivo.
