Buenos Aires, Argentina.
Cuando la materia supera a la curaduría
El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires presenta “Cuerpo textil”, una ambiciosa revisión de la obra de Olga de Amaral (Bogotá, 1932), bajo la curaduría de María Amalia García (MALBA) y Marie Perennés (Fondation Cartier pour l’art contemporain de París).
El recorrido abarca seis décadas —de los años 60 a los 2000— y reúne más de cincuenta piezas provenientes de colecciones clave. Sobre el papel, una exposición sólida. En sala es otra historia.
Una muestra que informa, pero no piensa
La exposición se instala en un terreno cómodo que es el de la retrospectiva ordenada, casi didáctica. Pero lo hace sin tensión, sin conflicto, sin riesgo.
En tiempos donde la curaduría debería operar como lectura crítica del presente, aquí se limita a organizar obra.
No hay una hipótesis curatorial clara, ni una relectura contemporánea de Amaral. Hay, en cambio, una acumulación.
El resultado logra así una muestra informativa, correcta y completamente prescindible en términos discursivos.
Un inicio potente que promete más de lo que cumple
Las Brumas
El recorrido abre con la serie Brumas, y ahí la exposición encuentra su mejor momento.
Suspendidas, vibrantes, atravesadas por la luz, estas piezas liberan el hilo de su función estructural para convertirlo en pura presencia. Hay aire, hay percepción, hay experiencia.
El montaje acompaña y la espacialidad está bien resuelta y permite que la obra respire. Por un instante, todo funciona.
Lástima que sea un espejismo.
La sala central: acumulación sin relato
Al avanzar, el discurso se diluye. La sala central reúne series fundamentales —como los Entrelazados— pero lo hace bajo una lógica de colgado que remite a un modernismo tardío con obras alineadas, jerarquías confusas, exceso de piezas compitiendo entre sí.
Entrelazados
Hay aciertos puntuales —como el uso de iluminación focal que genera sombras activas—, pero no alcanza. La potencia de estos trabajos, donde la artista tensiona geometría, materia y percepción, queda atrapada en un montaje que no articula sentido contemporáneo.
Se exhibe bien. Se piensa poco.
El caso paradigmático: Gran muro
En el centro de la sala aparece Gran muro, pieza clave en la trayectoria de Amaral y, además, perteneciente al acervo del museo. Era la oportunidad de construir un punto de inflexión en el recorrido sin embargo eso no ocurre.
Gran muro
Rodeada de obras menores, sin aislamiento ni énfasis, la pieza monumental pierde escala, pierde peso, pierde autoridad. Es una decisión difícil de justificar cuando todo compite y nada importa.
El dorado sin deslumbramiento
Serie Dorado
La serie Dorado, una de las más sensoriales y simbólicas, queda diluida en el conjunto. Donde debería haber intensidad casi ritual —oro, reflejo, historia— hay dispersión y el espíritu andino con el cual Amaral creó estas telas, no aparece.
Estas piezas pedían otra cosa: concentración, quizás un espacio envolvente, incluso una puesta casi cegadora. En cambio, se las somete al mismo régimen visual que al resto. Resultado: pierden su potencia.
Lo que pudo ser y no fue
Algo similar ocurre con los Muros y los Nudos: obras que reclaman espacialidad, relación corporal, incluso cierto carácter instalativo, pero que terminan domesticadas por un montaje convencional.
Hay una constante en la propuesta donde la obra pide experiencia; la curaduría responde con orden.
Un cierre que recupera el pulso
Estelas
La última sala, más contenida, logra algo que el resto no: foco. Las Estelas aparecen con mayor autonomía, y ahí vuelve a surgir la dimensión simbólica, casi arcaica, de la obra.
Es tarde, pero funciona.
Un par de piezas particulares y por cierto muy elegantes son los Nudos compuestos por lino, gesso y acrílico los que también perdieron la espectacularidad que podrían haber logrado bajo otro formato de colgado tal vez si se hubieran colocado uno junto al otro en un rincón donde solo fuera habitado por ellos.
Conclusión
La exposición reúne obra extraordinaria. Pero una buena exposición no es una suma de buenas piezas.
Aquí, la curaduría no articula, no arriesga, no traduce. Se limita a mostrar. Y en ese gesto conservador —casi burocrático— termina opacando a una artista que, justamente, hizo de la experimentación material su lenguaje.
En resumen: Amaral sostiene la muestra. La curaduría y el montaje, no.
