Mokawa Kichwa amazónica

Cuenca tiene esa elegancia colonial que invita a mirar vitrinas con cierta distancia, como si todo estuviera ya clasificado.
Pero de pronto aparece una pieza que desarma esa lógica: una mokawa.

Esta mokawa no gritaba, no seducía con brillo turístico; más bien se plantaba firme como quien sabe de dónde viene.

La encontré en Casa Yangoe, entre objetos que coquetean con lo decorativo, pero esta no jugaba a eso.

Firmada por Minam Vargas de Pastaza, (provincia amazónica de Ecuador), la vasija trae consigo algo que no suele viajar en avión: territorio.
No es una metáfora simpática, es literal. Hay Amazonía en esa arcilla, que era justo lo que yo buscaba a la hora de escoger una pieza representativa
Y fue la escogida, junto con unos chocolates típicos, luego de recorrer todo el local.

La mokawa pertenece a la tradición Kichwa amazónica, donde estas vasijas no nacen para una repisa sino para la vida diaria que es la de contener chicha de yuca, agua, conversación. Es un objeto que no se completa vacío; necesita uso, manos, tiempo.

Lo primero que se impone es la forma: un cuerpo robusto, casi contenido en sí mismo, con esas extensiones laterales que parecen más escultóricas que funcionales, hasta que uno imagina el gesto de agarrarla. Nada sobra. Nada está puesto para “verse lindo”.

Después viene la superficie donde hay patrones en negro y rojo que, si uno los mira rápido, parecen decoración. Error. En la Amazonía, la geometría no adorna, codifica.
Hay ecos de pieles, de ríos que serpentean, de trayectos invisibles. No es diseño, es lenguaje puro.

Y ahí aparece la paradoja más interesante pues estás en Cuenca, ciudad ordenada, comprando un objeto que pertenece a otra lógica, a otra temporalidad. Una pieza que no fue pensada como “obra” pero que hoy entra, sin pedir permiso, en el circuito del arte y del coleccionismo.

La firma —Minam Vargas— no la individualiza en el sentido occidental; más bien funciona como un punto de continuidad dentro de un saber colectivo. No hay gesto de artista-genio, hay transmisión. Y eso, hoy, es casi subversivo.

La compré sin necesitar otra vasija. De hecho, como siempre, uno ya tiene demasiadas cosas. Pero hay objetos que no se compran sino que te eligen por insistencia silenciosa. Esta mokawa fue una de esas.

Viajar, al final, no es acumular lugares sino detectar cuándo un objeto todavía conserva mundo adentro. Y esta pequeña vasija, esta mokawa salida de la Amazonía ecuatoriana, sigue haciendo exactamente eso: contener.


Publicado

en

por