Actitud improcedente

Montevideo, Uruguay.

Cuando el arte cierra antes que la mediocridad

Hay momentos en los que uno preferiría invertir su energía en lo que importa que es pensar, escribir, acompañar procesos artísticos. Pero hay otros en los que el silencio se vuelve complicidad. Y este es uno de ellos.

Ayer acudí al Centro de Exposiciones Subte para continuar con la cobertura del 52º Premio Montevideo de Artes Visuales, dentro del horario que la propia institución publica: de 12:00 a 19:00 horas.

A las 18:45, con mi trabajo prácticamente finalizado, comenzaron a apagar las luces de la sala. Sin aviso. Sin explicación previa. Simplemente, oscuridad.

Ante la consulta, la respuesta fue tajante:
–estamos cerrando.

Les recordé que aún restaban 15 minutos y pedí algo mínimo: cuatro minutos para terminar.

La negativa no solo fue rotunda, sino despectiva. Se me indicó que a las 19:00 el personal debía estar fuera de la sala, por lo cual el cierre operativo comenzaba antes.

Esto traducido es “el horario publicado es decorativo”.

La funcionaria —Soledad— me dio la espalda mientras cubría una obra con nylon, dejándome hablando solo. Una escena menor, si no fuera porque condensa un problema mayor que se resume en la naturalización del maltrato.

Hubo, por contraste, un gesto que deja en evidencia todo lo anterior: otra funcionaria, con criterio, volvió a encender las luces para que pudiera finalizar mi registro. Bastaba eso. Voluntad.

Lejos de apaciguarse, Soledad continuó increpándome hasta mi salida. Declaró que “le importaba muy poco” mi trabajo y sugirió, con tono desafiante, que podía facilitarme los contactos de los directores si quería quejarme. En el mismo intercambio, deslizó que está buscando otro empleo.

Ese último punto no es un detalle, es una confesión. Cuando alguien ya decidió irse —aunque aún no se haya ido— lo que sigue es exactamente esto: desidia, desgano y, en el peor de los casos, desprecio por el otro.

No se trata de un incidente aislado ni de una susceptibilidad personal. Se trata de una falla estructural: instituciones que no alinean lo que comunican con lo que practican. Se trata del trato al público en un espacio que debería ser, precisamente, lo contrario de esto.

Y duele más cuando ocurre en la principal sala de arte contemporáneo de la ciudad, un espacio que supo sostener estándares bajo gestiones como las de María Eugenia Vidal y Martín Craciun, donde el visitante no era un estorbo a desalojar sino parte esencial de la experiencia.

Aquí no falló el reloj. Falló el criterio.

Porque cerrar antes de hora no es solo apagar la luz, es apagar el sentido de lo público.

Y sostener en funciones a quien ya expresó —con palabras y actos— que no quiere estar, no es un problema personal, es una decisión institucional.

Montevideo no necesita más salas abiertas si van a funcionar como espacios cerrados.


Publicado

en

por