No hay dos sin tres

A Rabito lo compré en el Museo Larco, en Lima. Ahí estaban los originales. Y eso cambia todo.

Porque una cosa es ver la pieza en una vitrina impecable —con siglos encima y una carga ritual intacta— y otra es salir de ese mismo lugar con una réplica bajo el brazo. Es casi un contrabando simbólico pues te llevás una forma que no nació para circular.

Este perro —otro viringo, sin pelo, incómodo y digno— es una copia de la cerámica precolombina del norte del Perú, vinculada a la cultura Moche (o Mochica), desarrollada entre los siglos I y VIII d.C. Los originales no eran decorativos sino que formaban parte de contextos funerarios. Eran acompañantes del tránsito, figuras de protección, presencias activas más que objetos.

Formalmente, no hay ingenuidad. El cuerpo es compacto, casi cilíndrico, con volumen pleno. Las patas, cortas y firmes, sostienen sin énfasis. La cola se eleva en tensión —alerta pura— y la cabeza, ligeramente proyectada hacia adelante, fija una expresión contenida. La boca entreabierta no sonríe, respira, vigila, insinúa e intimida.

El acabado en los originales es clave ya que cuentan con superficies pulidas, engobe rojizo de óxidos de hierro y cocción controlada. En él no hay nada de ornamento superfluo. La forma hace el trabajo. Y lo hace bien.

La pieza que me traje —sellada, autorizada, domesticada para el presente— traduce todo eso con bastante dignidad. Pierde el peso arqueológico, claro, pero conserva algo más difícil de copiar que es el carácter.

Lo curioso es que, en el tránsito de la tumba a la vitrina y de la vitrina al estante, no perdió del todo su función. Cambió el contexto pero no el rol.

Rabito sigue cuidando.
Aunque ahora, en lugar de almas, custodie libros, silencios… y alguna que otra obsesión, está claro.
Feliz con sus amigos y yo feliz con ellos.

No compré ninguno siguiendo una línea de raza, ni siquiera de tipo, pero luego que los reuní y habiéndolos adquirido en distintos viajes, me di cuenta que quien había sido objeto de elección había sido yo.


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