Canelones, Uruguay.
Hay artistas que pintan cuadros.
Y hay artistas que convierten su casa en una extensión del alma.
Visité el taller–hogar de Draupadi Santiago y entendí rápidamente que aquí no se viene a “ver obra”, se viene a atravesar un estado.
Hija de padre mexicano y madre nepalí, Draupadi encarna dos tradiciones espirituales poderosas. Nuestra conversación comenzó con un gesto que dice mucho: un pequeño homenaje a sus cuatro abuelos y a sus padres, presentes en fotografías rodeadas de objetos cargados de memoria. Nada en su casa es decoración. Todo es identidad.
Me recibió en su casa con una nota de bienvenida, agradecimiento eterno por el cruce de nuestros caminos, redactada en una máquina de escribir de antaño la cual seguro tiene alma propia y reúne recuerdos personales de Draupadi.
Basta observar los muros de su casa para comprenderla. Sus propias pinturas habitan cada espacio —incluso el baño social, que se transforma en una experiencia inmersiva inesperada—. Su hogar es autobiografía visual.
Formada en Negocios Internacionales en México y con una Maestría en Operaciones y Supply Chain en Inglaterra, tras vivir en México, Alemania, Chile y Suiza, eligió radicarse en Uruguay con su familia. Y ese dato no es menor: hay algo de síntesis vital en esa decisión. Orden estructural y búsqueda espiritual conviven en ella sin conflicto.
Su proceso creativo comienza antes del pigmento.
Respira. Se alinea. Invoca. Agradece.
Y recién entonces pinta.
Trabaja acuarela y tintas con una delicadeza que no es fragilidad, sino conciencia. Cada pincelada está acompañada por una exhalación. Cada ritmo responde a un ejercicio interior. No es gesto impulsivo: es gesto meditado.
Mientras conversábamos —música suave, cantos de pájaros, el agua corriendo en una fuente— el tiempo dejó de existir. Tres horas y media pasaron sin aviso. Conversar con Draupadi es también practicar pausa.
Su obra transita planos ancestrales incluyendo la cosmovisión indígena mexicana y la espiritualidad nepalesa las que se entrelazan sin conflicto alguno y sin exotismos forzados.
En sus flores no hay botánica; hay alma. En sus vacíos no hay ausencia; hay contemplación.
Sus pinturas no se miran de reojo.
Se penetran.
Se respiran.
Se aceptan.
Cada pieza es un relato íntimo dictado por la interioridad. Vida y muerte, donde el colibrí está presente, aparecen como estados naturales, no dramáticos. Hay sosiego. Hay equilibrio. Hay agradecimiento.
Y como toda práctica auténtica, no se agota en la obra. Durante el encuentro comenzamos a gestar la posibilidad de realizar talleres en su casa: espacios para crear desde la respiración, agradecer desde el gesto y renacer desde el papel.
La reunión acabó en un brunch donde en cada detalle estaba Draupi presente y esa instancia gastronómica también formó parte de este proceso espiritual que la define.
Porque a veces el arte no necesita hacer ruido.
Necesita hacernos silencio
