Color como resistencia
En días de carnaval las escogí para analizarlas y ponerlas en el contexto de mis artesanías.
Las compré en Cuba hace 25 años sin buscar etnografía ni rito. Me interesó otra cosa: el exceso.
Tres máscaras de papel moldeado, pintura acrílica brillante y dibujo frontal, casi insolente. No pertenecen a la santería ni a tradición ceremonial alguna. No son reliquias. Son artesanía contemporánea urbana. Y ahí radica su honestidad.
La primera —solar, radial— convierte el rostro en estallido. Flor, sol y máscara en una misma superficie. En ella no hay profundidad y todo ocurre en el plano. Es gráfica pura.
La segunda introduce lo animal. Orejas felinas, ornamentación vegetal, puntos, rayas, capas de color. Hibridación caribeña sin culpa. Más carnaval que mito.
La tercera se vuelve casi emblema: estrella exterior, corazón central. Una iconografía directa, popular, sin ironía intelectual. Cuba sabe trabajar el símbolo sin pedir permiso.
Técnicamente: cartapesta pura, modelado manual, pintura acrílica, acabado brillante. Producción artesanal. En ellas no habita aura arcaica alguna. Tampoco hay nada de fetichismo antropológico.
Y sin embargo funcionan. Verlas despiertan en mi ilusión de la vida. Muchas veces nos ocultamos detrás de ciertas máscaras y estas apelan también al interiorismo de cada uno.
Porque en el Caribe el color no es decorativo. Es afirmación.
Es intensidad frente a la precariedad.
Es vitalidad como postura.
No son máscaras rituales.
Son máscaras culturales.
Y a veces eso es más interesante.
Y como dice Celia Cruz “la vida es un carnaval “, o no?



