Ariel, otra vez



En épocas de turbulencias y confrontaciones entre latinos y sajones en América, sentí la necesidad de abordar este libro que fue tan referencial en la formación de los jóvenes en nuestro país.

Ariel de José Enrique Rodó (Montevideo, 1871-1917), planteó a comienzos del siglo XX un conflicto que hoy vuelve a resonar con una claridad incómoda: la tensión entre el espíritu y el utilitarismo.

En este ensayo Rodó construye su reflexión a partir de una oposición simbólica.

Ariel representa la elevación moral, la cultura, la formación integral.
Calibán (personaje central en la obra La Tempestad de William Shakespeare, 1611), lo inmediato, lo pragmático y lo puramente material conforman este análisis.

No se trata de un rechazo al progreso, sino de una advertencia que es cuando la utilidad se convierte en único valor momento en que la cultura se empobrece.

En momentos en que reaparecen discursos de confrontación entre sectores latinoamericanos y figuras como Donald Trump, o cuando el espectáculo mediático —desde la política hasta el show global encarnado por artistas como Bad Bunny— ocupa el centro de la escena cultural, la pregunta de Rodó vuelve a tener filo.

¿Qué modelo cultural estamos asumiendo?
¿El del rendimiento inmediato?
¿El de la espectacularización constante?
¿O el de una identidad crítica, formada, consciente?

Ariel fue lectura obligatoria en generaciones liceales —al menos en nuestras épocas— aunque su prosa decimonónica exige actualmente paciencia y fundamentalmente diccionario. Tal vez hoy habría que reescribirlo en lenguaje contemporáneo no para suavizarlo, sino para volverlo accesible. Porque el problema que señala sigue vigente.

Y no es casual que Ariel haya sido durante décadas pieza central de la educación uruguaya. Coincidió con el proyecto republicano y reformista del país, reforzó la tradición humanista impulsada por figuras como José Pedro Varela, y funcionó como herramienta de formación ética e identidad latinoamericana. No era solo literatura: era construcción de ciudadanía. Formaba carácter, elevaba el lenguaje y proponía una élite intelectual responsable del destino cultural.

Ya en el siglo XIX Rodó cuestionaba el modelo estadounidense entendido como paradigma exclusivo de modernidad. No proponía aislamiento ni resentimiento. Proponía discernimiento. América Latina debía dialogar con el mundo sin renunciar a su vocación humanista.

La vigencia del texto no está en su tono solemne ni en su idealismo elitista —que hoy puede discutirse— sino en su núcleo ético: una civilización no se mide solo por su potencia económica o mediática, sino por la calidad de su vida intelectual y moral.

Releer Ariel hoy no es nostalgia escolar.
Es preguntarnos si seguimos pensando en términos de cultura o si hemos aceptado, sin resistencia, que todo se reduzca a espectáculo y mercado.

Rodó apostaba por una América Latina que eligiera ser algo más que eficiente.
La pregunta es si todavía queremos esa apuesta.


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