Un oratorio, una tela, una decisión
Este oratorio doméstico lo adquirí en un remate en Montevideo en un estado de deterioro que me llevó a restaurarlo.
No buscaba protagonismo y estaba esperando su renacer. Como los objetos que no nacieron para exhibirse, sino para acompañar el silencio.
Se trata de un oratorio criollo del siglo XIX, probablemente de origen rioplatense, concebido para la oración privada dentro del ámbito doméstico. No es altar ni mueble litúrgico: es una pieza de uso íntimo, pensada para sentarse, recogerse y bajar el ritmo.
La estructura es austera y precisa compuesto por madera oscura, respaldo alto y estrecho, patas cabriolé de herencia barroca tardía. En el centro, una cruz tallada integrada al mueble, no aplicada.
La función espiritual está en la estructura, no en el ornamento.
Durante la restauración tomé una decisión clave: no reconstruir una tapicería “de época” que ya no existía. En su lugar, opté por un textil tradicional de México, de raíz indígena, intensos en color y trama.
La tela de esa manera dialoga con el mueble.
Una contiene. La otra acentúa.
No compiten: se equilibran.
El contraste es deliberado. La sobriedad colonial se cruza con la vitalidad americana. El silencio del objeto con la memoria viva del tejido. Aquí no hay choque: hay tensión productiva y vitalidad religiosa latinoamericana.
El resultado no busca parecer antiguo. Busca ser honesto y no colonialista.
Hoy, el oratorio ya no cumple su función religiosa original, pero conserva algo esencial que radica en la capacidad de convocar pausa. Y suma una nueva capa de sentido: un cruce de geografías, tiempos y tradiciones dentro de un mismo cuerpo.
Con posterioridad le agregué una banqueta y a partir de allí se hermanaron.
A veces, restaurar no es volver atrás.
Es escuchar al objeto y permitirle seguir hablando —en otro tiempo, con otra voz.


