Dos huipiles guatemaltecos

Cosmos, escritura y rescate

Estos dos huipiles procedentes del altiplano guatemalteco no ingresan aquí como objetos etnográficos ni como souvenirs tardíos de una tradición detenida en el tiempo. Llegan como obras vivas, cargadas de una inteligencia visual y simbólica que antecede, y en muchos casos supera, buena parte del arte contemporáneo occidental.

Ambos fueron rescatados del desgaste del uso, del olvido doméstico y del circuito folclorizante, para ser leídos desde otro lugar: el de la mirada curatorial contemporánea que no los explica, sino que los escucha.

El huipil oscuro: el cuerpo como centro del universo

El primer huipil, de fondo oscuro y brocado geométrico intensamente policromo, remite al altiplano central guatemalteco, particularmente a la región de Sololá. 

Su estructura responde a una lógica ceremonial donde el color profundo actúa como campo de gravedad visual, mientras que los rombos entrelazados organizan una cosmología donde el mundo no se representa, sino que se ordena.

La abertura circular del cuello no es un detalle funcional. Es una afirmación simbólica: el cuerpo humano —el rostro— se sitúa como eje entre cielo, tierra e inframundo. Aquí, vestirse no es cubrirse; es habitar una arquitectura cósmica. El tejido no adorna, por el contrario define posición, pertenencia y jerarquía.

Enmarcado, habiendo tenido que doblar tela para atrás, este huipil revela una potencia formal inesperada. Su abstracción geométrica dialoga con lenguajes modernos y minimalistas, aunque su origen sea radicalmente anterior. No cita al arte contemporáneo: lo desmiente por anticipación y eso implica veneración y respeto. 

El huipil de fondo blanco: la escritura sin alfabeto

El segundo huipil, de fondo claro y superficie densamente poblada por pequeñas figuras bordadas, procede de la región quiché, de Chichicastenango. A diferencia del primero, aquí no hay grandes estructuras cósmicas, sino una proliferación de signos mínimos: animales, plantas, cuerpos híbridos, gestos cotidianos.

La disposición reticular de estos motivos construye una auténtica escritura textil. No se trata de decoración ni de repetición ornamental: es un sistema de memoria. Cada figura funciona como una unidad de sentido, transmitida de generación en generación sin necesidad de alfabeto, archivo ni museo.

Este huipil no se impone por impacto visual, sino por densidad semántica. Se lee lentamente. Resiste la mirada rápida. Exige tiempo, atención y respeto.

Me costó convencer que me lo vendieran pues se trataba de una pieza catalogada.

Rescate, desplazamiento y mirada personal

Rescatar estas piezas no fue un gesto nostálgico ni coleccionista en el sentido tradicional. Fue una toma de posición. Sacarlas de su destino utilitario o turístico para devolverles espesor simbólico y presencia crítica.

Primero había comprado el oscuro y cuando encontré el claro entendí que debían estar juntos en un vínculo yin yang como lo es todo en la vida

En mi práctica como curador y coleccionista, me interesa aquello que ha sido históricamente relegado a los márgenes: lo manual frente a lo industrial, lo femenino frente a lo monumental, lo comunitario frente al mercado. Estos huipiles encarnan todo eso sin proclamas ni manifiestos.

Colgados en un muro, sin cuerpo, sin folclore y sin concesiones, dejan de ser vestimenta para convertirse en territorio, escritura y pensamiento visual. No hablan del pasado: interpelan el presente.

Porque, a veces, el arte más contemporáneo no se produce hoy.

Simplemente sobrevive y allí aparece mi metier de rescatista. Siempre mis obras artesanales han estado dentro de un ámbito contemporáneo lo que les suma una lectura diferente a la vez que necesaria donde el tiempo no es lineal sino circular.


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