Virgen cuzqueña

Esta pintura sacra no nace en un taller ni en un catálogo: nace en el camino. Es el resultado de un urgador viajero que no compra objetos, rescata decisiones.

El marco, tallado en Mompox cuando aún estaba tibio de gubia, es puro barroco caribeño: exceso sin culpa, hoja, curva y pulso humano. Viajó desarmado, envuelto en diario tal cual me lo
entregó el tallador en el hotel—como deben viajar las cosas importantes— y terminó de afirmarse en Montevideo, donde el dorado no lo “mejoró”: lo asumió.
En él no hay nostalgia colonial, hay presente artesanal bien entendido.

La pintura cusqueña, llegada desde Cusco, juega su propio partido. Virgen recogida, gesto bajo control, oro que no pretende profundidad sino presencia. Su mirada dirigida hacia abajo como señal de humildad y sus manos cruzadas sobre el pecho desvían nuestra mirada más allá de los ornamentos de su vestimenta y corona.
La escuela cusqueña nunca pidió permiso a Europa y acá vuelve a demostrarlo: decora, insiste, repite y deslumbra con devoción.
Devocional, sí, pero también política del ornamento.

La leve desproporción entre la pintura mas grande que el marco —con una parte de tela escondida en la parte de abajo en una adaptación forzada— es el mejor acierto del conjunto.
Nada calza perfecto porque nada viene del mismo lugar sin embargo allí están en un vínculo continuo. Y ahí está la gracia
que me reconforta el esfuerzo para logarlo.

Esto no es un ensamblaje caprichoso: es curaduría de experiencia pues siempre supe
que ese marco engalanaría una pintura cuzqueña.
Creo que fue producto de un sueño.

Colombia, Perú y Uruguay dialogan sin pasaporte ni relato edulcorado. El viaje a Mompox desde Cartagena en auto compartido, bote y taxi que va dejando gente en diferentes pueblos, no es color local: es método.

Conclusión rápida, como corresponde:
esto no es una pieza colonial, ni un souvenir culto.
Es una obra armada a conciencia por alguien que sabe mirar, esperar y decidir.
Un objeto que no compré sino que construí viajando.


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