El primero lo compré en Perú; el otro, en Salta.
Dentro de la gran variedad de almohadones que he ido recolectando por el mundo, estos dos ocupan un lugar aparte.
No son objetos: son tiempo tejido.
Ellos recogen el trabajo de manos indígenas, paciencia heredada, uso antes que ornamento y allí no hay nada de folclore impostado sino que hay oficio ancestral.
Ambos están realizados en tejido plano, con lana de oveja —en algunos tramos mezclada con fibras vegetales o algodón—, hilada de manera irregular, lo que explica su textura viva, rugosa, honesta.
Los tintes, mayormente naturales, provienen de tierras, raíces y vegetales: ocres, rojos profundos, grises minerales, verdes apagados, razón fundamental de mi elección.
El almohadón peruano privilegia la franja horizontal y una composición austera, casi silenciosa, propia de textiles de uso cotidiano: mantas, ponchos, tejidos pensados para resistir el tiempo y el clima más que la mirada rápida.
El de Salta en cambio, un poco más grande, incorpora motivos geométricos centrales, rombos y guardas simbólicas, donde el tejido no solo abriga sino que narra, afirma identidad y pertenencia.
Cuando me recuesto en ellos no pienso en decoración.
Me conducen —sin escalas— a pueblos andinos, a casas bajas, a telares que saben más que muchos museos. Oigo el ulular de las montañas y el aire frío que corre entre los picos y desciende hacia las ciudades que viven a sus pies.
Estos almohadones no abrigan el cuerpo.
Abrigan la memoria.




