Es una de mis joyitas más preciadas.
Y no porque brille, sino porque resiste y me acompaña amén de su hermoso y detallado bordado.
No me canso de mirarla. Cada vez que la recorro con una atención casi obsesiva, algo nuevo se abre: una puntada que antes no vi, una leve desviación del hilo, un color que cambia según la hora del día. Mirarla es entrar y volver a entrar. Siempre hay otra capa.
Y entonces aparece la historia. No escrita: bordada.
Las manos. Las horas. El cuerpo inclinado. Esa mujer —porque casi con seguridad fue una mujer— que la trabajó sin pensar en vitrinas ni coleccionistas. Bordó para un momento importante. Tal vez un ajuar de bodas, un nacimiento. Tal vez un comienzo. Algo que merecía lo mejor de su tiempo y su paciencia.
Nada aquí es decorativo por azar. Todo protege, acompaña, augura.
Pararme delante de esta tela es adentrarme en la historia china, no la oficial ni la grandilocuente, sino la verdadera: la que sucede puertas adentro, en silencio, mientras la vida se prepara para cambiar.
La escena de la compra también dice mucho.
Cuando la escogí en un local en China, la vendedora se negó. Literalmente. Dudó. La volvió a doblar. La apartó. Algo la incomodó.
Creo —honestamente— que ni ella sabía que tenía un tesoro así, perdido entre altos de telas obedientes y sin alma. A veces el objeto sabe antes que quien lo guarda lo protege. No tengo dudas de que llegó allí por error.
Insistí. No con ansiedad, sino con convicción.
Finalmente accedió. Y en ese gesto hubo algo más que una transacción: fue una cesión. Un pase de manos. Como si la tela aceptara seguir su viaje.
No la rescaté del olvido.
La acompañé hasta acá y ella aceptó acompañarme.
Así siento los vínculos con estos objetos que rescato.
Hoy sigue cumpliendo su función: estar y establecer un nuevo vínculo con otras piezas y conmigo en un permanente diálogo
Y recordarme, cada vez que la miro, que las verdaderas joyas no se exhiben: se habitan.


