Bolso Ahka

Un bolso, una escena, una lección

Continuando con el arte textil hoy poso mi mirada en este bolso.
Lo compré sin buscarlo. Como suelen llegar las cosas que importan.

Estaba almorzando solo en un pequeño restaurante sobre las montañas del norte de Tailandia en Mae Ai en la provincia de Chiang Mai. De esos lugares donde el paisaje habla más que la carta y el tiempo se mueve a otro ritmo. Mientras comía, se me acercó una mujer aborigen de la etnia Ahka rodeada de sus hijos. Me ofrecía objetos industriales, seriados, sin alma. No eran de mi interés. No por desprecio, sino porque no decían nada.

No hablábamos el mismo idioma. Pero eso fue irrelevante. Nos entendimos con miradas, gestos, silencios. Le convidé de mi comida. Compartimos ese momento mínimo que a veces vale más que cualquier transacción.

Ella masticaba nuez de areca con betel, una práctica ancestral Akha que tiñe los dientes de rojo intenso. No es un vicio: es rito, sociabilidad, pertenencia. Como su vestimenta.

Cuando me levanté para irme, fue entonces cuando vi el bolso que ella llevaba puesto. No el que vendía. El suyo. Le señalé que ese sí me interesaba. Bordado a mano, cargado de geometrías, colores intensos y memoria. Le expresé mi interés. Dudó. Dudó de verdad. No por el objeto, sino por lo que implicaba desprenderse de algo propio. Pensó en sus hijos. Pensó en la comida. Pensó en el día siguiente. Y aceptó.

Me lo entregó con los ojos llenos de lágrimas. No fue un gesto teatral. Fue real. Crudo. Honesto. Se despidió de él besándolo.

La indumentaria Akha no es decorativa: es un sistema de signos. Chaquetas oscuras —negro o índigo profundo— rematadas con bordados geométricos en rojos, fucsias, azules y blancos. Bandas cosidas a mano, puntada sobre puntada, donde cada motivo habla de linaje, edad, comunidad. El conjunto se completa con aplicaciones metálicas: monedas, discos de plata, cuentas y pequeños colgantes que protegen, pesan, suenan y afirman presencia. El cuerpo no se adorna: se declara.

Ya subido al coche, en el último segundo, volvió corriendo para devolverme los dólares y recuperar su bolso. Ahí entendí todo. No quería venderlo. Lo había hecho por necesidad, no por deseo.

Nos abrazamos. Un abrazo largo, cálido, sin palabras. Finalmente me lo cedió. Yo me fui con el bolso. Ella se quedó con el dinero. Pero algo más había cambiado para ambos.

Hoy, cada vez que lo miro encuadrado, no veo un objeto textil.
Veo una montaña.
Veo una mujer fuerte.
Veo niños esperando comida.
Veo dignidad.
Veo humanidad sin intermediarios.

No es un bolso.
Es biografía bordada.
Y de esos ninguno se compra sin dejar algo de uno en el camino.
Es un recuerdo vivo.
Tampoco ninguno de esos se compra barato, un gran precio pagado mas que el monetario.


Publicado

en

por