Estas tres telas las compré en Jodhpur cuando ya había “colgado la toalla”.
Después de días buscando textiles antiguos —de esos que no se explican, se sienten— había aceptado la derrota. Mucho color, mucha industria, poco pulso.
Recuerdo las palabras de mi amiga Águeda antes de ese viaje: —vas a ver hermosas telas, tráete alguna para colgar en vuestro dormitorio— y no las estaba encontrando.
La India es una potencia textil inabarcable: algodón, yute, seda, lana; fibras naturales y sintéticas producidas a escala monumental. Todo impecable. Todo correcto. Todo… sin alma para lo que yo estaba buscando.
Jodhpur, enclavada en el corazón del desierto de Thar, despliega su encanto sin pedir permiso: la Ciudad Azul, la Ciudad del Sol, fuertes monumentales, bazares vibrantes y ese caos perfectamente organizado que solo la India maneja con elegancia. Caminaba por sus calles ya desahuciado cuando entré en una tienda de telas de claro tenor industrial.
Le dije al dueño, sin vueltas, que nada de eso me interesaba.
Entonces pasó lo único que suele valer la pena: cerró el local y me invitó a pasar a su casa, al fondo de la tienda. Allí me contó que su familia era proveedora de textiles desde hacía tres generaciones, trabajando con museos destacados —entre ellos el British Museum—. Acto seguido desplegó, uno tras otro, centenares de telas antiguas.
Entre ellas elegí estas tres acorde a mi valija y a mi presupuesto. Según el vendedor, piezas con entre 80 y 100 años de antigüedad, realizadas originalmente para colchas, cubrecamas y textiles de uso doméstico, no para exhibición. Y eso se nota.
Son telas de algodón, teñidas en gamas profundas de rojos, fucsias y magentas —colores asociados a protección, energía vital y celebración—, trabajadas con bordado manual denso, aplicación de pequeñas piezas textiles y, en algunos casos, espejitos cosidos uno a uno. Nada sobra. Nada es gratuito.
El desgaste es parte del lenguaje: bordes irregulares, hilos suavizados por el tiempo, tensiones desparejas. No son defectos, son pruebas de vida.
Formalmente, lo que domina es la geometría. Rombos, estrellas, cruces, dameros y módulos repetidos con una lógica casi obsesiva. La composición se organiza en paneles rectangulares encastrados, rodeados por marcos bordados que contienen y ordenan el conjunto. No hay figuración. Hay sistema.
La repetición no es decorativa: es ritual. Bordar estos motivos era una forma de meditar, de proteger el hogar, de introducir orden en un entorno tan extremo como el desierto. Cada punto es tiempo acumulado. Cada patrón, memoria transmitida.
Estas telas no narran historias: construyen equilibrio. Son abstractas por necesidad, no por teoría. Y vistas hoy, dialogan sin esfuerzo con la abstracción geométrica moderna, con el minimalismo y con ciertas ideas contemporáneas de archivo y repetición.
Al enmarcarlas hice un gesto consciente: sacarlas del folclore y permitirles operar como lo que son —obras textiles con pensamiento propio—. No gritan India. Respiran India y en mi colección contemporaneidad.
Desde entonces me acompañan. No como objetos decorativos, sino como fragmentos de tiempo, hechos para cubrir, proteger y durar. Y confirman algo simple: cuando uno cree que ya no va a encontrar nada, a veces encuentra exactamente lo justo.





