Pintura mogol
No la encontré: llegué a ella.
Fue en India, cuando le pedí a mi guía algo simple y poco turístico: conocer a un artista. Nada de tiendas, ni de vitrinas, un taller real.
Luego de un par de llamadas me condujo hasta una casa-taller, un espacio silencioso donde el tiempo parecía trabajar a otro ritmo.
Allí me recibió un joven artista con una gran cantidad de obras terminadas y otras en proceso.
Poco a poco me fue enseñando una amplia variedad de piezas hasta que entre papeles, pigmentos y oro, apareció esta pintura que enseguida me cautivó.
El artista —más interesado en que yo tuviera una obra suya en mi colección que en cerrar una venta— me la mostró con una mezcla de orgullo y pudor.
Bastó verla para saberlo: era esa. Las tres flores fue una señal determinante además de la composición en general.
No hubo negociación ni duda. Me generó, de inmediato paz y sosiego. Una calma rara, profunda, de esas que no se explican y no se olvidan.
La obra se inscribe en la tradición indo-persa de raíz mogol, heredera del refinamiento cortesano desarrollado en India entre los siglos XVI y XIX.
En sus versiones tardías —como esta—, el lenguaje mogol se desplaza del relato épico hacia la contemplación botánica, donde una flor basta para decirlo todo.
Analizando la obra podemos ver determinados aspectos relevantes:
*Fondo dorado, trabajado con delicadeza, que suspende la imagen fuera del tiempo y la vuelve etérea, casi espiritual.
*Motivo floral central, idealizado más que naturalista donde no describe las flores sino que las poza listas para ser fecundadas por una mariposa.
*Marco interno oscuro con filetes dorados, que actúa como contención visual y jerarquía simbólica.
*Bordura floral perimetral, de clara herencia persa, donde el detalle se multiplica sin estridencias.
* La pincelada es minuciosa y paciente, propia de una práctica artesanal que es también una forma de meditación.
*La paleta es suave y equilibrada, donde hay verdes, rosas y azules los que dialogan con el oro sin imponerse.
Y todo ello hizo que esta obra hoy esté en mi colección luego de haberla hecho enmarcar con una ancha varilla dorada a la hoja.
Está claro que no la compré por devoción religiosa ni por exotismo. La compré porque me detuvo la búsqueda y me paralizó la respiración al verla, aunque traté de disimularlo hasta tanto acordábamos el precio.
Lamento haber perdido la tarjeta personal del artista pues me hubiera gustado que supiera que su interés se cumplió y también que se enorgulleciera de verla finalmente expuesta en mi colección.
Verla me obligó a bajar la voz interior y consideré casi acabando el viaje, que había encontrado finalmente algo de calidad suprema.
La pieza me ofreció un refugio no solo visual sino espiritual.
Esta pintura es de las que no decoran sino que te acompaña y recuerda una vida llevaba a pleno.
Tampoco reclama protagonismo, está rodea de otras obras de variados orígenes con las cuales establece un constate diálogo, pero permanece y cada vez que me observa respiro hondo.
Es una obra que no se mira de pasada; se vuelve a ella cuando el mundo acelera demasiado.
A veces, el verdadero lujo no es poseer una obra, sino habitar la calma que nos devuelve.
Esta, sin dudas, es una de esas.


