Hoy, día de San Sebastián
No es casualidad. Hoy, día de San Sebastián, elijo esta obra para homenajear al santo y a Ricardo Migliorisi en un mismo gesto.
San Sebastián —cuerpo expuesto, atravesado, convertido en imagen— es uno de los grandes íconos del deseo, el martirio y la resistencia. Migliorisi lo entendió siempre sin necesidad de nombrarlo: el cuerpo masculino como campo de tensión entre lo sagrado y lo profano, entre la devoción y la carne, entre la fe y la política.
Este retablo irreverente funciona hoy como altar laico. No pide milagros, tampoco promete salvación. Celebra la persistencia del cuerpo, la belleza incómoda y la libertad de decir lo que otros prefieren callar.
Ricardo Migliorisi nació en Asunción, Paraguay, en 1940, y falleció en 2019. Fue pintor, dibujante, ilustrador, escenógrafo, diseñador gráfico y vestuarista. Vivió y trabajó entre Asunción y Buenos Aires, construyendo una obra atravesada por el barroco latinoamericano, el kitsch, la cultura popular y una crítica feroz a la hipocresía moral. Festiva en apariencia, política en el fondo.
La obra está construida dentro de un molde de hojalata para tortas, un objeto doméstico, humilde y funcional, arrancado de la cocina y trasladado sin anestesia al territorio del arte. El molde define la forma general: contorno ondulado, borde elevado, profundidad contenida. Aquí no hay pedestal ni marco noble: hay utensilio reciclado. Migliorisi convierte lo cotidiano en dispositivo simbólico.
La hojalata —fría, industrial, liviana— actúa como continente escénico, casi como un pequeño teatro portátil. No oculta su origen: se ve, se reconoce, se asume. Ese gesto es clave en la obra de Ricardo Migliorisi: el material no se ennoblece, se exhibe tal cual es.
El interior está revestido por centenares de rositas de tela, pegadas una a una, generando una superficie saturada, táctil y obsesiva. No hay ilusión pictórica, sí hay acumulación física.
Las flores funcionan como escenografía barroca, decorativa hasta el exceso, rozando el kitsch. El fondo no acompaña la escena por el contrario la invade.
El color es dominante, la repetición hipnótica y la ausencia total de vacío.
En primer plano aparecen cuatro figuras de San Sebastián, pequeñas imágenes provenientes del culto religioso popular. Son figuritas seriadas, económicas, pintadas de manera simple, reconocibles de inmediato. Están colocadas como actores sobre un escenario: alineadas, repetidas, casi coreografiadas. No representan individuos, sino un arquetipo multiplicado.
Físicamente, el contraste es brutal y deliberado:
*Industrial / devocional
*Doméstico / sagrado
*Bricolaje / iconografía religiosa
*Decoración excesiva / martirio contenido
La escala reducida obliga a una mirada cercana, íntima. No se impone por tamaño sino por densidad. Todo está apretado, cargado, comprimido: materiales, símbolos, colores. La obra no respira. Y no quiere tampoco hacerlo.
En términos estrictamente físicos, es una pieza de ensamblaje, objeto intervenido, retablo profano y escultura escenográfica al mismo tiempo. Nada sobra. Nada busca refinamiento técnico. Todo está puesto para decir desde el material.
No es una escultura “bien hecha”.
Es una escultura bien pensada.
Y en Migliorisi, eso siempre pesa más.
La compré cuando Migliorisi expuso una muestra individual en la Galería del Paseo, en su local de Montevideo, antes de mudarse a Manantiales. Fue en ese momento —no después— cuando lo conocí personalmente. La obra quedó marcada por ese cruce: exhibición, compra y encuentro.
San Sebastián por un lado, Migliorisi por el otro.
Ambos atravesados.
Ambos vigentes.
Ambos imposibles de domesticar.
Hoy la obra conmemora a ambos y yo feliz de ateasorala.
Cuando doné mi colección de arte contemporáneo al Estado uruguayo se me coló con el resto y no descansé hasta tenerla de regreso.
