Piezas huicholes

Viajo para mirar, para sentir, pero sobre todo para hurgar.
No en vitrinas pulidas ni en discursos amables, sino en mesas improvisadas, ferias polvorientas, charlas torcidas y muchas veces silencios largos.

Estas piezas pertenecen al arte ritual y votivo del pueblo wixárika —conocido popularmente como huichol—, una de las tradiciones visuales más complejas y coherentes de Mesoamérica. No son souvenirs. Son objetos de pensamiento y así las asimilo yo.

No llegaron a mí como objetos buscados por el contrario me sacaron del recorrido previsto.

El trabajo con chaquira (cuentas de vidrio) aplicada sobre madera o resina se consolida en el siglo XX, cuando los wixaritari comienzan a traducir su cosmovisión ancestral a un lenguaje material más durable y “transportable”, sin perder carga simbólica.

Oaxaca, Jalisco, Nayarit y Zacatecas son territorios clave, y ferias como la de San Ángel en CDMX funcionan hoy como nodos de circulación —no siempre justos, pero efectivos.

Están hechas sobre base de madera tallada (a menudo copal o maderas locales) la que luego es recubierta con cera de campeche caliente para después aplicarles en forma manual, una por una, de miles de chaquiras.
Nada industrial. Nada rápido.
Eso sí: paciencia pura y pulso firme.

Algunas las adquirí en Oaxaca, en 2002, cuando ya estaba viajando a la vez que iba armando una autobiografía paralela hecha con cosas que me conducen por otras cosmovisiones.

Otras, como la cabeza de jaguar, en mayo de 2025, en la feria de San Ángel, entre el ruido, el regateo y esa coreografía eterna entre tradición y mercado.
Esta cabeza es tan bella y potente que no encuentro la manera de exponerla para que luzca en todo su esplendor.

Me tomé una foto con el artesano a quien tuve que esperar que llegara un par de horas entendiendo que lo bueno lleva su tiempo.

El cerdito de Oaxaca, merece un párrafo aparte.
La artesana lo terminó delante mío y para mi.

Cuando le pregunté su edad, dudó.
—treinta o cuarenta, — me respondió.
No era evasiva: era exacta pues en ese mundo la edad no ordena nada. Ordenan las manos, el pulso, la paciencia. El tiempo ahí no corre: se acomoda.

Cada figura es un mapa simbólico:

*Jaguar: fuerza chamánica, guardián del mundo nocturno, poder y visión. No es decoración sino protección.

*Serpiente: vínculo entre mundos, agua, fertilidad y movimiento.

*Cerdo (más contemporáneo): adaptación simbólica; la tradición wixárika no es fósil, absorbe y resignifica.

*Motivos geométricos y circulares:
Ojo de Dios (Tsikuri): visión, equilibrio, protección.
Flores, venados, estrellas: relatos del peyote, del viaje ritual a Wirikuta, del origen del mundo.

El color para los huicholes no es capricho, es código. Cada combinación narra una historia espiritual.

Hurgar es eso, es aceptar que el viaje no siempre te lleva lejos, niña donde tenías previsto, pero sí más hondo.
Que el color es un idioma.
Que cada chaquira es una sílaba.
Y que algunos objetos no se compran: se heredan en vida.

Seguir viajando, entonces.
No para llegar sino para seguir preguntando y aprendiendo.


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