La encontré en una ciudad fronteriza, donde Laos y Birmania (Myanmar) se miran de reojo y comparten gestos sin ponerse de acuerdo en los nombres.
No la busqué, apareció y no dejé la oportunidad. Y cuando eso ocurre, conviene prestar atención.
Es un Buda de pie, sereno, dorado sin pudor, con la mano derecha elevada en gesto de protección.
En su gesto no hay dramatismo ni milagro, hay calma aspecto que me sedujo.
Ese gesto —antiguo y directo— dice no temas, pero sin tono paternalista. Más bien lo afirma como quien ya atravesó el problema y no necesita explicarlo.
La talla no pretende monumentalidad. Está pensada para estar cerca, no para imponerse.
El cuerpo es esbelto, la túnica cae con una elegancia trabajada, ricamente ornamentada, con incrustaciones de color que delatan la influencia birmana–shan, tan propia de estas zonas donde las fronteras políticas no logran ordenar la cultura.
El dorado no es ostentación: es lenguaje simbólico. Aquí el oro no grita riqueza, habla de iluminación.
El rostro es clave. Ojos entrecerrados, sonrisa mínima, equilibrio perfecto entre presencia y distancia. No interpela: acompaña.
Es una figura que no exige devoción, pero la recibe si se la ofrecen. El pequeño lazo rosa —una ofrenda reciente que yo le agregué — confirma que esta pieza tiene una vida activa. No es un objeto arrancado al ritual, le aporta mi impronta y nos acerca.
No la leo como antigüedad, sino como continuidad. Una obra del siglo XX que mantiene viva una tradición sin convertirla en postal turística. Su valor está en ese punto exacto donde la artesanía se vuelve convicción y el objeto, presencia.
La conservo no como exotismo ni fetiche oriental, sino como una figura que ordena el espacio.
No decora pero establece un clima que me genera paz al verla.
En tiempos de ruido, este Buda no promete salvación. Ofrece algo más difícil y más raro: quietud sin discurso.





