No lo compré en una tienda.
Lo compré en una casa.
La familia bereber nos alojó en el desierto como se recibe a quien llega sin apuro: té caliente, silencio largo y una hospitalidad que no se explica, se ejerce.
Llegamos invitados por nuestro chofer con quien recorrimos gran parte de Marruecos.
El collar colgaba de la pared. No estaba en venta. Estaba ahí, como están las cosas que importan.
Los Tuareg son un pueblo nómada bereber del desierto del Sahara y el Sahel, conocidos como los «hombres azules» por sus turbantes teñidos de añil, que habitan en varios países africanos como Malí, Níger, Argelia y Libia, manteniendo una rica cultura, el idioma tamashek, y una fuerte tradición de hospitalidad, pastoreo de camellos y comercio caravanero, a pesar de enfrentarse a desafíos políticos y económicos.
No pregunté por el collar de inmediato. En el desierto aprender a mirar primero es una forma de respeto.
Era un collar tuareg y eso lo decía todo sin decir nada.
El metal tenía el peso de lo heredado. Las cuentas color miel guardaban el sol de muchas tardes. No era un adorno: era un objeto que había visto pasar generaciones, un cuerpo que había acompañado otros cuerpos. Protección, memoria, identidad. Todo junto, sin discurso.
Luego del té vino el canto que acompañanos con baile.
Cuando finalmente pregunté por el collar, hubo una pausa. Las cosas importantes siempre requieren una pausa.
No hubo regateo. Hubo decisión.
Me lo vendieron sabiendo que no lo compraba por exotismo ni por souvenir. Me lo entregaron como se entregan ciertas historias: con la condición implícita de que no se traicionen.
Desde entonces, el collar no decora. Presencia y da cuenta de mi vida de viajero curioso y respetuoso por las diferentes culturas.
Trae consigo el polvo del desierto, el té compartido, la sombra baja al atardecer y la certeza de que algunos objetos no se poseen: se continúan, son guardianes del tiempo. Hoy me acompaña. Luego lo hará con alguien diferente.
Así siento la convivencia con mis objetos y obras de arte. La vida nos los presta pero ellos nos sobreviven.
Y este, claramente, todavía tiene camino por delante.

