Esta mujercita de cuello largo, llegada conmigo desde Cusco, pertenece al arte popular andino contemporáneo, heredero directo de una tradición donde la figura humana no se copia: se sintetiza. No es retrato ni postal turística. Es símbolo.
Está realizada en cerámica y papel modelado a mano, con policromía cuidada y una atención especial al vestido, resuelto casi como un pequeño manifiesto textil: capas, guardas, flores, dorados aplicados sin timidez. El volumen es compacto, estable, pensado para durar. La base azul no es decorativa es ancla.
El cuello exageradamente largo —su rasgo más potente— no busca estilización elegante.
En el mundo andino, alargar el cuello es elevar la conciencia, extender la mirada, conectar lo cotidiano con algo que va un poco más arriba. La cabeza mira al frente, con serenidad firme. No sonríe: sabe.
En la espalda, el niño envuelto en el aguayo completa la escena. No es un agregado narrativo: es estructura. Mujer y carga forman un solo cuerpo. En una mano, el canasto con frutos: fertilidad, sustento, continuidad. Nada es alegórico en exceso; todo es vida diaria convertida en forma.
Me detuve en esta pieza porque no celebra el fin de año desde el ruido, sino desde la permanencia. Porque habla de sostener, de avanzar con peso y con dignidad. Porque ese cuello largo no evade la tierra: la piensa.
No la elegí para despedir el año por lo que promete, sino por lo que confirma.
Que se puede seguir.
Que se puede cargar.
Que se puede mirar más lejos sin despegar los pies.
Como toda buena pieza andina, no marca un cierre.
Marca un pasaje en equilibrio.





