Espíritu Santo

Esta talla no pretende impresionar pero me agradó su simpleza y simpatía.
Es arte sacro popular que cumple con su misión a la vez que distiende.

Es la exaltación del Espíritu Santo de una manera muy sincera a través de una demostración de amor.

Tallada en madera blanda y policromada sin alardes, pertenece al universo del arte popular religioso mexicano, ese territorio donde la fe se resuelve con cuchillo, pulso firme y convicción, no con academia.

El cuerpo es tubular, vertical, casi totémico. No hay concesiones anatómicas: hay función. La figura está hecha para estar, para permanecer.

La mujer —¿monja, ¿beata, ¿devota sin nombre?— viste un hábito oscuro cubierto de cruces blancas, repetidas como una letanía visual.

Cada cruz parece un gesto, una insistencia, una marca de protección más que un adorno.

Los brazos se elevan por encima de la cabeza sosteniendo una paloma
esquemática, de alas abiertas y halo rojo encendido. La paloma, símbolo del
Espíritu Santo no flota: pesa. Y eso cambia todo.

El rostro, frontal y sereno, mira sin pedir nada. Ojos grandes, expresión fija, casi infantil.
En ella no hay dramatismo ni dulzura: hay presencia.
La policromía es directa, mate, sin transiciones ni veladuras. Color puesto con decisión, como quien sabe que no está haciendo arte para ser juzgado sino un objeto para acompañar.

Lo que más me atrae de esta pieza es que invierte la lógica habitual: aquí lo sagrado no desciende, se sostiene.

La fe no cae del cielo; se eleva con esfuerzo humano.
Esta figura no reza: carga y se esfuerza en un acto personal perseverante.
Y en ese gesto silencioso hay una ética completa.

No la compré por devoción religiosa. La traje porque estas piezas no se explican: se reconocen y nos enamoran.
Son objetos que no decoran, resguardan.
Tampoco piden lugar sino que
lo toman, lo conquistan.

Y una vez en casa, ya no se va y día a
día cumplen su tarea.
La fe se trabaja, se busca y se cuida
Y ella me lo recuerda día a día.

Elevó sus brazos buscándose hacerse ver y lo logró.
Cada vez que la miro reafirmo su osadía de haberme conquistado.

Que le ví? Yo dudé, ella no.
Y fue un sí quiero para siempre.


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