Santa Mónica, Maldonado.
Un nuevo espacio de Galería y Teatro
fue inaugurado anoche en Santa Mónica.
La estructura construida junto a la Torre del Pepe, farol emblemático del balneario del arquitecto argentino Diego Montero, se anexó como sala de exhibición y espectáculos, muy en sintonía con el entorno: arquitectura y paisaje dialogando sin estridencias.
La inauguración estuvo a cargo de los galeristas Darío Invernizzi y Gabriela Ravier quienes replicaron
la muestra presentada días atrás en su espacio de Ciudad Vieja.
A las obras de Matilde Campodónico y Olivia Arthur, se sumó para esta ocasión una nueva propuesta de Teodelina Detry, quien —guiada por Z Art Lab— incursiona en un formato inédito dentro de su práctica.
Detry, conocida por su trabajo con imágenes figurativas, se aventura aquí en la abstracción: figuras impresas sobre láminas de metal. Un cambio de piel que conserva pulso y riesgo. Señal clara del ahínco creativo que Invernizzi busca —y exige— en sus representados.
Matilde Campodónico (Montevideo, 1969), fotógrafa de The Associated Press en Uruguay desde 2008, con colaboraciones en The New York Times, Rolling Stone Argentina y The Globe and Mail, viene pensando la fotografía como objeto, huella y ausencia. Presenta ReveLar / Rescatar Autorretrato, una video-instalación en película 16 mm TrIX reversible (10’39”, 2025): pregunta proyectada, no respuesta. Soporte analógico como decisión conceptual, no nostalgia.
Su obra dialoga con las fotografías de Teodelina y con la instalación fotográfica de Olivia Arthur (Reino Unido, 1980), miembro de Magnum Photos desde 2013, ya exhibida también en Z Art Lab Montevideo. Arthur aborda identidad, intimidad y género en contextos de Medio Oriente, Asia y Europa; es autora de Jeddah Diary (2012) y Stranger (2015), y cofundadora de Fishbar.
Arthur presenta Exquisite, serie producida íntegramente durante la residencia: gelatina de plata, copias únicas 6×6 y 4×5”, reveladas y copiadas por la artista. Retratos de personas de Montevideo, fragmentos de cuerpos, gestos y pieles se disponen sin jerarquías, desplazando la noción clásica de serie hacia una experiencia coral. El punto de inflexión está en la edición: lúdica, estructural, generadora de nuevas entidades visuales.
El montaje —con un damero colgante similar al de Montevideo— invita a lo que el arte contemporáneo exige: pensar. No hay relato cerrado. Hay combinatoria. Tanta como espectadores se animen a entrar.
Una vez más, Z Art Lab confirma algo simple y cada vez más raro: cuando el espacio, el tiempo y la confianza existen, la obra aparece.
Sin maquillaje. Sin atajos.
Y eso, hoy, ya es mucho.
