En su segundo libro, “El día que amaneció a medianoche”, Ana Lecueder (Montevideo) publica una serie de relatos autobiográficos tan breves como seductores.
La recopilación trata de textos que no se exhiben: se confiesan. Y en ese gesto íntimo —un diálogo consigo misma donde ella parece ser su única lectora— gana el resto.
Son cuentos sin principio ni fin. No buscan contar una historia sino detener un parecer. No resuelven; interrogan. Nos invitan a entrar en situaciones que, incómodamente, también son nuestras.
Lecueder escribe con la madurez de una vida vivida a pleno: aciertos, errores y esa experiencia que llega sin pedir permiso.
Madre de tres hijos, abuela, tres matrimonios, varias casas: el inventario vital está ahí, pero sin exhibicionismo.
Aquí habla desde su fuero de mujer, de madre, de amante, dejando en segundo plano la faceta profesional que también la define.
Hay desencuentros amorosos, intentos de recomposición, fracasos que terminan siendo golpes de suerte —o giros de timón— narrados con sensatez, humor e inteligencia elocuente. Sabiduría sin solemnidad.
El libro se lee en un rato. Pero obliga a hacer pausas. Cada cuento pide un alto para rumiar lo leído, para elaborar el mensaje.
El cuento de la gotera destaca por su tono reflexivo: de esos que la vida rara vez permite en tiempo real.
El título nace del último relato, pensado originalmente para una novela. Sin embargo, donde Ana más se luce es en el cuento corto: preciso, eficaz, fascinante.
Un libro ideal para la playa: leer, levantar la vista, dejar que el horizonte y el rumor del mar acompañen la navegación por aguas personales. Así lo viví.
El volumen incluye ilustraciones de Agó Páez, que recrean cada escena. El cierre es un dibujo de más —una mujer frente a una ventana— que funciona, felizmente, como final y como apertura. Un presagio. Ojalá lo sea.
