Retablo cusqueño

Crónica de una pieza que no se busca: te encuentra.

No lo elegí. Me eligió, como frecuentemente me sucede pues considero que siempre rescato obras, las adopto.

Como suele pasarme con las piezas que valen la pena, apareció cuando dejé de mirar vitrinas y empecé a hurgar. Porque hurgar es eso: correr el polvo, agacharse, preguntar poco y observar mucho. Permitir que sea el objeto el que me escoja.
En Cusco, ese gesto suele ser recompensado.

Este retablo andino colonial, fechado entre fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, pertenece al linaje silencioso de la devoción doméstica. No nació para el altar mayor ni para el museo aséptico. Nació para un ámbito personal, para una pared con humo de vela, para miradas cotidianas.

Tallado en madera dorada, el marco es exuberante sin pedir permiso. Roleos vegetales, columnas torneadas, remates calados.
El oro no es fino ni pretende serlo: es abundante, casi obstinado pero aquí el dorado no decora sino que su función es afirmar lo sagrado.
El retablo funciona como escenario; lo religioso, en el mundo andino, siempre tuvo algo de teatro ritual y ese aspecto me fascina.

En el centro, una Virgen con Niño de clara filiación cusqueña.
Frontal. Hierática. Triangular.

La Virgen no camina ni se inclina: permanece. Su manto amplio, casi arquitectónico, transforma el cuerpo en superficie simbólica. No hay profundidad ni perspectiva académica. Hay presencia.
Por su lado el Niño, pequeño adulto bendiciente, no juega: oficia.

Rostros serenos, emoción contenida. Esto no es falta de destreza: es otra lógica visual al servicio de la fe que entra por el encantamiento y la seducción.

La silueta triangular remite a la montaña, a la Pachamama disfrazada de Virgen.
El dorado dialoga con el culto solar prehispánico.
La ornamentación excesiva habla de fertilidad, protección, abundancia.

Cristianismo impuesto, sí.
Pero reprogramado con inteligencia indígena.

Aquí la fe no se rinde, se adapta.

Mi vínculo con la pieza es de índole personal pues yo no colecciono objetos sino que considero que colecciono encuentros y cada vez que los miro revivo el encuentro.

Esta pieza no grita, no seduce rápido. Espera. Y cuando uno está dispuesto, se deja llevar.

Siempre pensé que ciertos objetos no se compran: se reconocen. Este retablo venía con memoria incorporada. Con capas. Con tiempo. Yo solo hice lo que suelo hacer: escuché.

Hoy no decora un espacio. Lo ordena.
No impone silencio. Lo pide.

Este retablo no es un recuerdo de viaje.
Es un fragmento de historia andina, de fe mestiza, de resistencia visual.

Las piezas que importan no se buscan con apuro.
Te encuentran cuando bajás la guardia.

Y entonces, ya está.


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