Ángel andino

Este ángel protector viajó conmigo desde Perú sin hacer ruido, como hacen las presencias que saben esperar.

Es un ángel o arcángel (muy cercano a San Miguel) con alas desplegadas y gesto activo.

Pertenece con mucha probabilidad a la imaginería religiosa colonial andina, producida entre los siglos XVIII y XIX, en el ámbito del antiguo Virreinato del Perú.
Es una talla vinculada a talleres locales —muchas veces anónimos— donde se mezclan modelos europeos con sensibilidad indígena y soluciones populares.

No es arte académico: es arte de uso devocional, pensado para iglesias rurales, oratorios domésticos o cofradías.

Está tallado en madera, sí, pero lo que sostiene no es materia: sostiene carácter.

De gran tamaño, 40 cm de altura, se presenta con sus alas abiertas, cuerpo firme y un gesto defino sin dudas.
No flota: se planta. No consuela: custodia.

La policromía gastada —verdes, ocres, tierras— no es deterioro, es biografía. Cada marca habla de polvo, rezos, traslados y silencios largos.
Nada está retocado para agradar. Todo está tal cual sobrevivió. Y eso se agradece.

Debajo, las cabezas vencidas. El mensaje no es sutil ni moderno: el bien avanza con el pie firme y el mal queda abajo. Catequesis directa, sin metáforas tibias. Todo ello lo define como un ángel que no negocia, se planta firme y su legado es claro.

Es de carácter frontal y teatral: la figura está hecha para “imponerse” visualmente.

Me atrajo por eso: porque no decora sino que ordena. Porque es delicado en la madera, pero contundente en presencia. Porque recuerda que lo sagrado, en estas tierras, siempre tuvo cuerpo, peso y decisión.

No lo traje como souvenir. Lo traje como guardián. Y cumple.

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