A esta Virgen la conocí en Cusco.
La vi de de frente y no dudé en adquirirla.
No por devoción automática —eso sería fácil— sino por presencia.
Lo que más me llamó la atención fueron sus manos las que dan cuenta de las mujeres andinas trabajadoras. Manos curtidas, callosas y de tamaño desproporcionado que representan a la mujer que trabaja la tierra para alimentar a su familia.
Su cara también es muy peculiar. No se trata de la imagen habitual de la Virgen María que hemos idealizado bajo los cánones europeos, por el contrario, se trata de una mujer de pueblo sin retoque alguno en su cara.
Esta Virgen no flota ni promete cielos inmediatos: está plantada, con los brazos cruzados sobre el pecho, aceptando lo que venga. Como se acepta la vida en los Andes: sin alharaca y con fe seca.
Tallada en madera y llena de imperfecciones por manos anónimas —y por eso mismo elocuentes— pertenece a esa imaginería devocional mestiza donde el canon europeo llega tarde y se adapta como puede.
La Inmaculada existe, sí, pero filtrada por otra mirada. Una mirada que no busca perfección sino permanencia.
El manto es un mapa. No cae: narra. Flores, ritmos, geometrías que recuerdan textiles andinos y memorias precolombinas. No hay error ni ingenuidad; hay traducción cultural.
La policromía, aplicada sin pudor académico, se mueve entre verdes profundos, ocres cansados y rojos apagados. Colores de la tierra que les alimenta, no de cielo. Y eso dice mucho.
En la base, un querubín sostiene la imagen. No adorna, sostiene. Su rostro frontal, casi infantil, parece recordarnos que incluso lo sagrado necesita apoyo. El barroco colonial está ahí, claro, pero ya desarmado, vuelto popular, íntimo, doméstico.
Esta Virgen no fue pensada para vitrinas ni museos. Fue hecha para una casa humilde, una capilla mínima, un rincón donde alguien rezó en silencio. Es una imagen que se deja tocar, que tolera el paso del tiempo y hasta lo agradece.
No la compré por bella.
La elegí porque no pide nada y lo dice todo. Porque no grita milagros, pero acompaña. Y porque en su quietud, tan lejos del espectáculo, todavía sabe estar.



