Esta talla llegó a mí en Mariana, Minas Gerais, no como una compra impulsiva sino como esos encuentros que se dan cuando el objeto y el tiempo están de acuerdo.
La adquirí en el atelier de Hélio Petrus, uno de los grandes nombres del arte sacro contemporáneo brasileño, heredero directo —pero no imitador— del barroco mineiro.
Hélio Petrus bebe directamente de Aleijadinho y del siglo XVIII, pero no copia. Reinterpreta. Su obra actualiza el barroco sin convertirlo en souvenir religioso. Por eso sus esculturas circulan en colecciones privadas y espacios sacros de todo el mundo.
La obra representa una Virgen en actitud orante, elevada sobre una nube habitada por querubines. La composición asciende, se expande, respira.
En ella nada es rígido: los pliegues del manto ondulan, el dorado dialoga con verdes profundos y rojos terrosos, y la policromía revela un dominio técnico que no busca lucirse sino servir a la imagen. Eso, en tiempos de artificio, es una rareza.
Las particularidades están en los detalles:
*El trabajo del dorado, aplicado con respeto por la tradición colonial, sin exceso ni simulacro.
*Los rostros de los querubines, individualizados, casi humanos, lejos de la repetición mecánica.
*La expresión de la Virgen, serena, contenida, sin dramatismo impostado la cual no impone devoción sino que la sugiere.
Hélio Petrus trabaja desde una técnica que muchos definen como neobarroca, pero el término no alcanza a explicar del todo la experiencia. Aquí no hay nostalgia ni reproducción arqueológica: hay continuidad viva. El barroco no como pasado, sino como lenguaje todavía capaz de decir algo en el presente.
Mi vínculo con esta talla es doble. Por un lado, como coleccionista, reconozco el valor de una obra que sostiene un linaje histórico y técnico cada vez más escaso. Por otro, como observador sensible de lo simbólico, la pieza ocupa un lugar de presencia no decorativa sino que acompaña.
Está ahí al ingreso de cada para ser mirada sin apuro, para recordarnos que la mano artesana —cuando está guiada por la fe, el conocimiento y el tiempo— todavía puede producir silencio.
No elegí esta obra por devoción explícita ni por efecto estético inmediato. La elegí porque me eligió: porque condensa historia, oficio y una espiritualidad sin estridencias. Y porque, en un mundo acelerado, esta talla insiste en algo esencial: la belleza también puede ser un acto de paciencia.


