Montevideo, Uruguay.
Hoy visitamos a Linda Kohen en su casa-estudio, junto a mi hijo Valentín.
Allí trabaja —sí, trabaja— todos los días, a pesar de su edad, con una constancia que deja sin argumentos a cualquiera que confunda longevidad con quietud.
Linda es una artista del silencio. De la simpleza de la vida cotidiana.
Su obra nace de lo vivido, de lo observado sin estridencias, de ese tono bajo que ella domina como nadie y que luego traslada a la pintura.
Madre de dos hijos, nunca escindió los roles: fue ama de casa y artista sin pedir permiso, sin declamarlo, sin convertirlo en consigna. Simplemente lo hizo.
En su taller pudimos ver una obra en proceso, apoyada con naturalidad entre otras pinturas. No como gesto para el visitante, sino como evidencia de que el presente sigue activo. Linda sigue trabajando, sigue buscando, sigue pintando. La creación no es recuerdo: es ahora.
Hoy disfruta del reconocimiento internacional que supo construir sin apuros. Está representada por la galería de Piero Atchugarry y participa actualmente en la VI Bienal de Montevideo. Nada de esto la altera. El aplauso nunca fue su combustible.
Su hija Martha Kohen, arquitecta y coautora del Memorial en Recordación de los Detenidos y Desaparecidos, dejó su vida académica en Florida para volver a Montevideo y acompañarla en esta etapa, junto a dos mujeres que cuidan de ella con una dedicación tan silenciosa como eficaz.
Atentas también al mercado del arte, madre e hija no descuidan la actualización constante de su sitio web donde la obra avanza, pero también se cuida y se ordena.
El apartamento —más casa que departamento— es quizá su mayor obra. Un espacio que se habita y que nos habita.
Entrar allí es introducirnos en una pintura de Linda Kohen: colores tierra, atmósfera contenida, tiempo desacelerado. Nada sobra. Nada grita.
Durante la charla, Linda buscaba una y otra vez nuestras manos. El tacto humano como ancla. Como forma de memoria profunda. Allí parece residir una necesidad esencial: sentir al otro cerca, confirmar la presencia, transmitir cariño. Un gesto mínimo, cargado de sentido, tan coherente con su pintura como con su forma de estar en el mundo.
En más de una oportunidad recordó a su maestro y amigo Julio Alpuy. Lo hizo sin solemnidad, con afecto y gratitud, como quien sabe que ciertas enseñanzas no se abandonan nunca, sino que se transforman en una manera de mirar y de estar.
Linda siempre trabajó a contracorriente. Practicó un arte slow cuando la velocidad parecía obligatoria. Miró hacia adentro mientras el mundo exigía espectáculo.
Su temática intimista, paradójicamente, tiene una resonancia internacional. Nada la distrae de su camino lento pero imparable. Es, sin vueltas, nuestra Giorgio Morandi.
Conversamos largo rato. A veces su mente se distraía, se iba y volvía, pero sin perder el hilo esencial: la atención al otro.
Escucha, sonríe, pregunta. No quiere perderse nada. Siempre amable, siempre presente, siempre con esa sonrisa que no es gesto social sino actitud vital.
Linda Kohen —nacida Linda Olivetti Colombo en Milán en 1924— llegó a Uruguay huyendo de las leyes raciales fascistas. Se formó con Pierre Fossay, en el Taller Torres García (TTG) con Julio Alpuy y luego con José Gurvich cuando este armó su propio taller separado del TTG.
También pasó por los talleres de Eduardo Vernazza y Horacio Butler en Buenos Aires.
Vivió exilios, regresos, pérdidas. Todo eso está en su obra, aunque nunca de manera explícita. Su pintura no narra: destila.
Recordamos también a nuestra amiga en común, la artista Eva Olivetti (Berlín, 1923-2013) cuñada de Linda. La memoria circuló con naturalidad, sin nostalgia impostada.
Nos fuimos felices. No por haber “visitado a una gran artista”, sino por haber compartido un tiempo verdadero. En tiempos de ruido, Linda Kohen sigue enseñando —sin proponérselo— que la verdadera radicalidad es la coherencia.
