Estas dos tallas del artista paraguayo Zenón Páez se las compré en una visita que le hice en su taller en 2008 instancia que me llenó de gozo.
Pertenecen a la tradición viva del barroco hispano-guaraní, un linaje que nació en los talleres jesuíticos del siglo XVII y que hoy sigue respirando en manos de artesanos que comprenden la madera como un territorio simbólico más que un simple material.
Páez trabaja desde esa herencia, pero no la copia: la interpreta. Su estilo es directo, sólido, de una espiritualidad contenida que no necesita artificios. Ambas piezas que incorporé a mi colección condensan esa fuerza.
Esta primera figura representa a la Virgen de Caacupé, patrona indiscutida del Paraguay y uno de los íconos más profundos de la fe guaraní.
Su imagen clásica la muestra de pie sobre la media luna y sobre un globo terráqueo, símbolos de protección y dominio espiritual. Aquí Páez mantiene la iconografía esencial pero la depura hasta lo necesario.
Sus manos juntas en oración y corona sobria acentúan la identidad de Caacupé sin necesidad de ornamentación excesiva.
Esta Virgen no teatraliza el milagro: lo encarna. Es Paraguay en estado puro.
La segunda pieza es un Niño Rey, también conocido como Niño Jesús de Praga, una devoción europea que en el territorio guaraní adoptó rasgos propios.
Sus vestiduras con relieves vegetales es herencia directa de la ornamentación jesuítico-guaraní.
Zenón Páez comprende a la perfección esa tensión entre la herencia europea y la sensibilidad guaraní: lo suyo no es copiar un Niño barroco, sino convertirlo en una figura de identidad local.
No son objetos devocionales sin más:
son dos capítulos del imaginario paraguayo, tallados por un artista que bebe de la tradición jesuítica pero la empuja hacia adelante.
La Virgen de Caacupé y el Niño Rey, reinterpretados por Páez, revelan una espiritualidad terrestre, directa, profundamente humana.



