Pareja Alto do Moura

Estas dos cerámicas que traje de Brasil pertenecen a una de las tradiciones más poderosas del arte popular latinoamericano: el barro figurativo del Nordeste, especialmente el que nace en Alto do Moura, Caruarú, cuna de Mestre Vitalino y de toda una genealogía de artesanos que transformaron la arcilla en narrativa.

La primera figura —el músico— es casi un manifiesto cultural.

Tallado en arcilla rojiza y pintado a mano con tonos cálidos, aparece con su viola o rabeca apretada contra el pecho.

Es un ícono absoluto del repertorio nordestino. El músico es memoria sonora, la fiesta campesina, el forró que convoca y reúne.

Sus proporciones compactas, los ojos circulares y el gesto frontal responden a un código visual que atraviesa generaciones: simple, directo, alegre.

No necesita más. El barro dice lo que tiene que decir.

La segunda pieza, una mujer con niños que trepan por su falda, pertenece al universo simbólico más íntimo del Nordeste: la mãe, figura de fuerza y de afecto que sostiene al clan entero.

Esta cerámica, modelada también en barro rojo y decorada con mínimas pinceladas, presenta un cuerpo monumental y sereno. Los niños adheridos no son ornamento: son relato. Hablan de fertilidad, protección, abundancia familiar y del peso emocional que la mujer tiene en la vida rural.

Ambas piezas están hechas sin torno, solo con manos y herramientas básicas.

Esa técnica directa es parte de su encanto: cada huella, cada irregularidad, cada mancha es testimonio del gesto humano.

No hay artificio, no hay distancia. Es arte popular en su estado más honesto.

Son obras que no describen el Nordeste, sino que lo encarnan.

En ellas conviven música, maternidad, fiesta, resiliencia y memoria. Y por eso, más allá del barro, siguen vivas.

Ellas no se conocían pero las mantengo una junta a la otra para alegría de ambos y mía también.


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