Estas figuras de madera llegaron a mi colección como llegan muchas piezas valiosas: en silencio, pero con una biografía cargada de símbolos.
Pertenecen a la tradición popular del este de la India, especialmente de Bengala Occidental y Odisha, donde los talleres rurales mantienen viva una herencia que mezcla devoción, teatro y vida cotidiana.
Talladas a mano en maderas livianas —mango, neem o kadamba— conservan esa rusticidad que delata el pulso humano del artesano.
Los colores no son casuales: el rojo encendido para la energía vital, el amarillo para la abundancia, el verde para la renovación. Esa policromía intensa es marca registrada del arte ritual bengalí.
Sus rostros, de ojos almendrados y cejas que parecen dibujadas con un único trazo, remiten a la estética del teatro popular indio.
No representan dioses en el sentido clásico, sino algo más interesante: el séquito, los acompañantes, los personajes que sostienen la escena devocional.
Músicos, asistentes, guardianes simbólicos. Figuras que aparecen en los altares domésticos, en pequeñas procesiones o como protectores de la vida diaria.
Lo más atractivo es que fueron concebidas como grupo. Funcionan narrativamente:
– Una figura sacerdotal de gesto sobrio.
– Dos mujeres envueltas en motivos florales, contenidas y expectantes.
– Un músico que marca el ritmo con su cuenco.
Es una escena congelada de un rito que no vemos, pero intuimos. Una pequeña dramaturgia rural que sobrevivió al viaje, a los años y a la distancia cultural.
Y acá están: erguidas, orgullosas, pintadas a puro color, recordando que la espiritualidad también puede ser hecha a mano.
Cuando vi ese grupo familiar los acogí enseguida y no se me cruzó por la mente separarlas sabiendo que me abultarían en mi equipaje que ya venía cargado.
Y acá están a mi lado, acompañándome en mi día a día. No dudo de que están cargadas de su propio espíritu así como el de los artesanos que las tallaron.
