Akua’Ba

Las dos Akua’ba

Llegaron a mi vida en momentos distintos, pero desde que conviven parecen hablarse en un idioma que no pertenece a este lado del mundo.

La primera, sobria, mínima, tallada en un solo trazo: la Akua’ba esencial, la que lleva siglos repitiendo la misma forma en las manos de las mujeres Akan. Cabeza redonda, cuerpo cilíndrico, brazos extendidos. Pura geometría, pura intención. Una muñeca nacida para pedir vida.

La segunda es su espejo festivo: una Akua’ba ceremonial, adornada con cauríes, metal repujado, fibras trenzadas y pigmentos antiguos.

No es una muñeca: es un altar portátil. Una pieza que no solo pide fertilidad, sino que también protege, acompaña y bendice.

La ves y entendés que el arte africano nunca fue “decorativo”: fue herramienta, lenguaje y pacto con lo invisible.

Ambas vienen de Ghana, del mundo Akan.

Allí las mujeres cargaban estas figuras en la espalda como si ya fuesen bebés, y confiaban en que la madera, la intención y los rituales abrieran el camino para la maternidad.

Con el tiempo, las Akua’ba empezaron a significar algo más amplio: prosperidad, buena fortuna, belleza, equilibrio.

Un recordatorio de que la vida puede nacer donde uno la cuide.

Hoy estas dos figuras conviven sin ceremonias, pero siguen irradiando lo suyo.

Una, el silencio antiguo.

La otra, la celebración.

Juntas mantienen viva la historia de un pueblo que convirtió la esperanza en forma.

Y en mi casa, discretas, siguen velando. Como si supieran más de mí que yo mismo.


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