Montevideo, Uruguay.
GEMA — La obra que rompe el molde de Guadalupe Ayala sin traicionar su esencia
Guadalupe Ayala (Buenos Aires, 1976) presenta en el Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), la exhibición más ambiciosa de toda su carrera como corolario de la adjudicación del gran premio del 60° Premio Nacional de Artes Visuales 2022.
Bajo la curaduría de Laura Bardier y Santiago Tavella, la artista despliega una obra monumental que no solo expande su escala, sino que profundiza —con más precisión que nunca— los elementos que siempre definieron su lenguaje.
GEMA es un quiebre, sí, pero un quiebre coherente: Ayala crece sin dejar de ser Ayala.
El salto monumental
“GEMA” avanza por la sala del MNAV con la contundencia de un cuerpo mineral que se expande.
Su apariencia sólida similiar a un meteorito es pura ilusión: la pieza vibra entre lo frágil y lo imponente, entre lo orgánico y lo construido.
La tensión es su motor:
*monumentalidad vs. intimidad
*estabilidad aparente vs. transformación constante
*natural vs. artificial
*lo visible vs. lo oculto
El recorrido del visitante es físico a la vez que simbólico.
Desde abajo, la magnitud abruma; desde arriba, en la sala 3, la luz y los cristales multiplican destellos que convierten el espacio en un ecosistema propio.
Sin embargo la artista no abandona su raíz que radica en la fragilidad, el proceso y el mundo orgánico.
Aunque esta obra sea sin precedentes para Ayala, mantiene intactos los rasgos que siempre definieron su poética:
Lo orgánico como principio estructural
Ayala piensa desde la naturaleza:
no la ilustra, la transforma.
Sus obras crecen, avanzan, respiran, se expanden, parecen organismos en mutación.
En GEMA, este impulso orgánico se vuelve monumental, casi geológico.
Materialidad táctil, sensible y cercana al cuerpo
Tejidos, fibras, capas, texturas que revelan a la mano que trabaja invitando al tacto por parte del espectador.
Ayala nunca es industrial: es corporal.
En GEMA, esa cualidad se amplía a escala arquitectónica sin perder la sensación de que la pieza respira.
Espiritualidad sin dogma
Lo suyo no es esoterismo de vidriera, sino una conexión profunda con lo ancestral, con lo ritual y con la energía como materia.
En esta obra, la espiritualidad toma forma de mineral, luz y sombra.
El proceso por encima del resultado
Guadalupe trabaja desde la repetición, la insistencia, la acumulación.
Sus obras no ocultan su construcción: muestran el tiempo sedimentado y en
GEMA el proceso se vuelve estructura.
La fragilidad como fuerza
La obra parece delicada y, sin embargo, sostiene el espacio entero.
Esa paradoja —lo frágil como columna vertebral— es una de las firmas de la artista.
Escala variable, pero experiencia constante
Ayala puede trabajar lo mínimo, en esta ocasión a partir de los detalles, o lo monumental.
En ambos casos, obliga al espectador a entrar: no se mira su obra, se atraviesa.
GEMA palpita y convierte ese cruce en un gesto físico inevitable.
El territorio como memoria activa
La tierra, la materia, lo geológico, lo vegetal: elementos que funcionan como memoria.
GEMA materializa esta lógica: parece un fragmento arrancado de un mundo anterior o de un mundo por venir.
No sabemos si la roca avanza o ha llegado a su destino pero en ambos casos no nos deja indiferentes.
La sutileza como poder
Ayala nunca grita.
Incluso cuando escala al tamaño de un meteorito, su voz sigue siendo un susurro que obliga a acercarse buscando percibir su palpitar.
Un diálogo con la historia y con lo primordial
Concebida especialmente para el Museo Nacional de Artes Visuales, GEMA establece una conversación directa con artistas del acervo como José Cúneo y Águeda Dicancro, quien casualmente inauguró una muestra el mismo día, inscribiendo a Ayala en una genealogía donde cuerpo, materia y territorio siempre fueron protagonistas.
Pero también dialoga con lo primordial:
tierra, agua, aire y fuego operan como fuerzas que tensionan la obra desde adentro.
El cuerpo mineral no es inmóvil: es proceso.
Y el museo, otra vez, se revela en su paradoja: el intento humano de preservar lo que está en permanente transformación.
GEMA no es solo la obra más ambiciosa de Guadalupe Ayala.
Es la confirmación de que su lenguaje —frágil, orgánico, espiritual y silenciosamente radical— puede expandirse sin perder el alma.
Una forma que crece, respira y se sostiene en el borde exacto donde lo que parece sólido está siempre a punto de cambiar.
La exhibición se podrá ver hasta el 17 de mayo de 2026.

Comentarios
Una respuesta a «GEMA: Guadalupe Ayala»
Me identifico plenamente en esta obra y ellos me da tranquilidad,descanso.Siempre me cubri con cemento para que no llegaran a mi,pues mi cuerpo está cubierto de heridas las cuales tapo con arbustos.Mi mesa de luz es un pequeño museo donde guardo mis tesoros.Piedras,que junte por cualquier lugar donde anduvieron mis pasos,trozos de madera de arboles que son parte de mi amor.Todo tiene una razón,el lograr existir pese a todo.Felicitaciones y gracias…