Montevideo, Uruguay.
“Open Studio” de Santiago García: un cierre de año entre pinceles, trayectorias y camaradería
A la caída del sol del pasado miércoles, Santiago García (Montevideo, 1974), abrió las puertas de su taller en Punta Gorda para recibir a alumnos, amigos e invitados en un open studio que funcionó como brindis y cierre de año.
La casona entera —amplia, luminosa, de esas que ya no se construyen— respira creatividad en cada ambiente. Allí, dos días a la semana, Santiago reúne a unos 25 alumnos distribuidos en tres turnos.
La producción exhibida fue tan amplia como diversa: cada alumno desarrolla su estilo, y la didáctica de Santiago consiste en acompañar ese proceso sin imponer un lenguaje. Aun así, se percibe un sesgo figurativo en buena parte de las propuestas.
Además de las obras de sus alumnos, Santiago presentó piezas propias: pinturas figurativas recientes, trabajos de su recordado período abstracto —inspirado en su viaje a la Antártida en 2018— y algunos guiños a su emblemática “Champioteca”, aquella serie iniciada en 2007 donde elevó sus Converse a la categoría de objeto artístico. Fueron obras que lo hicieron reconocido, buscado y, por momentos, inconfundible.
Su camino no fue lineal. Viene del mundo de la publicidad, experiencia que dejó huella. Antes se formó en Letras y Biología Marina, estudios que volvieron a resonar décadas después en su proyecto antártico.
Aprendió serigrafía y grabado con Eduardo Fornasari, dibujo y pintura con Clever Lara —influencia visible— y cerámica con Susana Pizzurno.
Vivió en México, Buenos Aires y San Pablo, donde vendía sus obras en ferias callejeras. Pasó también por Cataluña, Londres y volvió a México para una muestra que no prosperó.
El punto de giro llegó en Todos Santos (Baja California Sur), cuando la Champioteca enamoró a coleccionistas estadounidenses. Hace ya veinte años que está instalado en Montevideo.
Su serie abstracta —la nacida de la Antártida— no es fácil de resumir porque se sostiene en procesos subjetivos. Pero su núcleo conceptual es claro: la tensión entre la naturaleza salvaje del planeta y el impacto ambiental del plástico. Una advertencia visual sobre un flagelo que nos consume mientras seguimos consumiéndolo.
Llegó hasta allí acompañando a su hermano científico que viajó a realizar una investigación.
Santiago insiste en que el cambio de conciencia es urgente, aunque su obra ya lo dice todo.
En este “open studio” destinó una sala entera a mostrar visos de su experiencia antártica: videos, notas de campo, obras nacidas de ese viaje “blanco” y hasta el libro que publicó al respecto.
A pesar de la potencia del recuerdo, él mismo admite que jamás logrará trasladar a la pintura lo que vivió allí.
“La serie nunca va a poder representar esa inmensidad”, dice. Pero igual sigue intentándolo, ahora buscando ampliar el taller para trabajar en gran formato.
Hoy transita una etapa figurativa renovada, donde conviven animales, criaturas mitológicas y sus eternas Converse, todo sostenido por textos que escribe para acompañar cada obra.
Así destaca uno de ellos, “Las criaturas que olvidaron su nombre”, pintura que funciona como una pieza literaria paralela a su pintura.
Un mundo que respira entre sombras.
En el texto, Santiago construye una escena cargada de tensión: una mujer hundiéndose lentamente en un sofá que parece devorarla, una pantera que vigila la casa más que a ella, y una estatua alada que actúa a la vez como guardiana y carcelera.
La aparición de un ciervo fantasma quiebra el silencio: reconoce a la mujer, inclina la cabeza ante el ángel de mármol y abre una grieta invisible por la que desaparece.
Su partida deja un vacío espeso, casi físico. La mujer comprende una verdad incómoda: no todas las criaturas logran marcharse; algunas están condenadas a quedarse.
Se trata de un relato sobre encierros simbólicos, presencias espectrales y el delgado límite entre lo visible y lo que insiste en seguir existiendo.
Este cruce entre pintura y narrativa amplía el universo de Santiago García, que apuesta a que cada obra dialogue también desde la palabra.
La velada transcurrió en un clima festivo donde el jardín con un gran árbol de jazmines en flor ofrecía el ambiente ideal.
Cada alumno llevó invitados y se respiró una camaradería genuina. Entre ellos había chicos con síndrome de Down, profundamente concentrados y orgullosos de sus trabajos.
Una vez más, el arte demostró su fuerza integradora: ahí no importan géneros, edades ni limitaciones. Solo la necesidad humana —y vital— de crear.
Un taller a tener en cuenta a la hora de querer formarse en arte dentro de un ámbito tan creativo como distendido.
