Hay veces que digo que Ecuador queda más lejos que Europa.
Los vuelos dentro de América Latina funcionan con menos frecuencia, con precios absurdamente altos, y eso nos divide más de lo que nos une.
El mundo cree que los latinoamericanos vivimos todos juntos, pero la realidad es otra.
Mi viaje a Ecuador estaba en mi lista desde hacía años. Finalmente, impulsado por un amigo que vive en Quito y motivado por la XVII Bienal de Cuenca, decidí hacerlo.
Un país de tres mundos
Ecuador se divide en tres grandes regiones:
*la costa del Pacífico, incluyendo las islas Galápagos,
*la zona andina,
*y la Amazonia.
Tres geografías cercanas y, a la vez, distantes que moldean poblaciones unidas por una bandera y un idioma, pero con identidades muy distintas.
Aunque el país es solo 1,5 veces más grande que Uruguay, tiene 18 millones de habitantes, casi 2,7 millones en la capital.
Mi experiencia se limitó a Quito y Cuenca, ambas ciudades andinas, ambas a gran altura: Quito a 2.850 m, Cuenca a 2.550 m.
Cuenca fue mi puerta de entrada y me ayudó a aclimatarme (solo necesité un té de coca el primer día).
Aun así, caminar implica respirar más fuerte y hablar más lento.
Cuenca
Una ciudad bonita, segura y colonial
Cuenca tiene un centro histórico bien conservado, con iglesias, plazas y casonas coloniales que componen un paisaje armonioso.
Es la ciudad más segura de Ecuador y recorrerla es un placer.
Ahora bien, cuando los ecuatorianos dicen que es “la ciudad colonial más bonita de América Latina”, ahí ya se les va la mano. Cusco, Cartagena de Indias, Antigua Guatemala, San Miguel de Allende o Salta tienen méritos propios.
Cuenca es preciosa, sí, pero con un detalle: sus interiores suelen estar decorados con un exceso kitsch de flores violetas y doradas que rompe la estética de época.
Gente, atuendos y carácter
Las calles se llenan de vendedores provenientes de pueblos cercanos.
Muchos visten su atuendo tradicional, conservan su idiosincrasia y su manera reservada de relacionarse.
Son amables, respetuosos, pero poco efusivos: el frío de montaña se filtra en el temperamento.
Mercado, gastronomía y rituales
En el Mercado 10 de Agosto se encuentra de todo: frutas, verduras, carnes y un sector donde se preparan platos típicos.
La estrella: el hornado (cerdo asado servido con mote, plátano y cuero).
También abundan los chamanes, en su mayoría mujeres, realizando “limpias” con hierbas y aromas.
Otros platos tradicionales:
- encebollado
- seco de chivo
- trucha a la parrilla
- ceviche
- cuy asado (que esta vez evité, después de la traumática experiencia en Perú: cubrirle la cabeza con la servilleta no alcanza).
El maíz es rey.
Entre las bebidas, destacan el café que no logró satisfacer mi paladar, el chocolate ecuatoriano, el locro de papa y la colada morada que se bebe tanto fría como caliente.
Las frutas, dulces y variadas, son un espectáculo. La banana queda relegada pese a ser símbolo del país.
Naturaleza e iglesias monumentales
El Parque Nacional Cajas ofrece montañas, lagos y una biodiversidad típica de las alturas.
En la ciudad, las iglesias imponen respeto:
- Iglesia del Sagrario (siglo XVI), hoy museo,
- Catedral de la Inmaculada Concepción, con sus cúpulas azules visibles desde media ciudad.
El Museo de las Conceptas, desde 1561, es otra joya. Su museo es pequeño y exquisito, con curaduría contemporánea y piezas muy bien seleccionadas.
Cuenca invita a caminar sus esquinas y descubrir detalles todo el tiempo donde las puertas antiguas marcan presencia.
Quito
Una ciudad abierta y extendida en las montañas
Quito se despliega sobre laderas y quebradas: desde cualquier mirador se la ve entera. No hay nada que esconder.
Su problema principal: el tráfico.
El sistema “pico y placa” limita el uso del coche por número de matrícula. Resultado: los que pueden, compran dos autos.
Quito es peligrosa para el visitante desprevenido, pero tiene zonas protegidas.
La Carolina, donde me alojé, junto con la avenida González Suárez, es el barrio más moderno: tiendas, restaurantes, edificios nuevos y un parque enorme con un hermoso Jardín Botánico.
Centro Histórico: joya patrimonial
El metro, moderno y limpio, conecta rápido con el centro.
Es el barrio histórico mejor conservado de América Latina y Patrimonio de la Humanidad.
Quito fue fundada en 1534 sobre una ciudad inca.
Sus iglesias son extraordinarias:
- San Francisco (1535), con museo incluido;
- La Compañía de Jesús, un desborde barroco que deja sin palabras;
- Basílica del Voto Nacional, neogótica, inmensa y con cúpulas accesibles.
Museos: luces y sombras
El museo imprescindible es la Casa del Alabado, dedicado al arte precolombino desde una narrativa contemporánea impecable.
El Museo Nacional está en obras y la colección estatal yace en depósitos.
El Centro de Arte Contemporáneo mantiene un buen nivel: pude ver muestras de Óscar Santillán y Shu Lea Cheang.
También visité la casa museo de Oswaldo Guayasamín, tan polémico como determinante en la identidad artística ecuatoriana.
El Panecillo y la Mitad del Mundo
Subí al Panecillo por insistencia de los quiteños, pero el descuido del entorno arruina la experiencia.
Lo mismo ocurre con la Mitad del Mundo: una hora en taxi, tráfico pesado, comercios turísticos y museos irrelevantes. No lo recomiendo.
Arte, mercados y clima
Quito tiene mercados artesanales muy completos, especialmente el de Otavalo, a dos horas, famoso por sus ponchos y arte textil.
El colibrí es el ave presente en todas las manifestaciones artísticas.
Vi teatro contemporáneo y teatro comercial.
El clima es frío casi todo el año, y curiosamente los departamentos no suelen tener calefacción.
Cierre
Mis días entre Cuenca y Quito fueron plácidos.
Viví esas ciudades y también me dejé vivir por ellas.
Me regreso con el deseo de volver, esta vez para conocer la costa y la Amazonia.

Comentarios
Una respuesta a «Ecuador, a mi regreso»
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